¿ POR QUÉ, PRESIDENTE ?

Presidente, ¿por qué no acudiste al funeral? ¿Por qué, si no quieres rezar, y nadie te obliga a hacerlo, no honraste al menos con la simbología institucional de la presidencia, o con un simple gesto de silencio, que también habría valido, a tantas personas que se marcharon con miedo?

O ahogándose con sus pulmones acorchados en un triaje, o adormiladas con midazolam y morfina mientras los sanitarios les susurraban que sus nietos les visitarían al día siguiente para que al menos pusieran una sonrisa a la muerte…

¿Por qué? ¿Porque lo organizaba la Iglesia católica, y no respondía a los estándares de ese progresismo cuadriculado y dogmático de intransigente encarnadura civil y de estricto laicismo aconfesional que todo izquierdista fetén debe cumplir?

No era una simple cuestión de fe, presidente, que en eso cada cual sabe en qué se andan su alma, su conciencia y su esperanza. Era cuestión de respeto. De hechuras de cargo público. De magnitud presidencial. Era cuestión de dignidad, de presencia, de consuelo, de afecto… Era simbólico, presidente. Y obligado.

¿No acudiste, presidente, porque asistías a un almuerzo en Portugal? ¿Tanto dudabas del apoyo de ese Gobierno al tuyo, que es el nuestro, para intentar suavizar las condiciones que nos imponga Europa cuando nuestra economía sea rescatada? ¿Era eso? Presidente, las autoridades portuguesas habrían entendido que el almuerzo concluyese antes si hubieses preferido regresar a Madrid. O Negociar más temprano. O continuar después. ¿Será por días? Porque la excusa, presidente, es peregrina y el Falcon, muy rápido.

¿Por qué entonces? ¿Miedo a ser abucheado a la entrada de la catedral de La Almudena? ¿Temor al contacto directo con la calle tras la tragedia? ¿Pánico a que el marketing y la estrategia propagandística fracasen, y que la «ultraderecha» fascista ávida de que Pablo Iglesias no nacionalice el golf te ofrezcan una cucharadita de «jarabe democrático»?

No lo creo del todo… Ni creo que sea una provocación premeditada. Pero Rodríguez Zapatero soportaba estoico los silbidos en los desfiles militares y asumía su desgaste. Tú, presidente, ¿prefieres evitar el riesgo? ¿Es eso? La presencia de Carmen Calvo como escudo institucional para cubrirte es solo el reconocimiento de que una extraña culpa íntima lo carcome todo.

La ceremonia de ayer –religiosa, sí- no era optativa para un presidente que durante cuatro meses apeló a salir «juntos» de la tragedia y a estar «unidos». Yo me lo creí, presidente. Casi creí que «en esto estamos todos» y que podíamos salir «más fuertes».

Lo repetías como una letanía. Ayer en La Almudena había muchos de esos «todos», muchos de esos «juntos», y muchos de esos «unidos» contra ese virus que Fernando Simón ha llamado «puto» mientras posaba como si la muerte fuese un trofeo.

O como si la dignidad de quien se ha marchado fuese un juego macabro de mercadotecnia presidencial. Pero tú no.

Tú, presidente, no estabas.

Manuel Marín ( ABC )