PORQUE SÓLO LES QUEDA EL FEMINISMO

El desmoronamiento político y social del socialismo, escenificado con la caída del muro de Berlín y del bloque de países satélites de la Unión Soviética, llevó a las izquierdas europeas a buscar otros caminos para poder engatusar a sus potenciales adeptos, ya a finales de los años ochenta.

Defenestrado su Manifiesto de Marx y Engels, convertido El Capital en objeto de mofa en las universidades, socialistas y comunistas vieron que ni con la política ni evidentemente con la economía podían sujetar los restos de tan evidente demolición.

Fue en ese momento cuando la izquierda encontró un aliado natural, con el que ya coqueteaba desde la revolución francesa. Nos referimos, por supuesto, a la masonería. Y con ella, en íntima y gozosa unidad de acción, se apresuró a inventar caminos con los que poder destruir la célula madre de la sociedad, entonces aún mayoritariamente cristiana.

Esa célula madre es la familia tradicional. Para intentar destruir a la familia, nada mejor que enfrentar violentamente a sus constructores, es decir, a los hombres y las mujeres, y para ello era imprescindible criminalizar a uno de ellos para que el otro fuese visto, ante las mayorías, como una víctima.

Ésta es la base del feminismo. Sobre este proyecto, socialista y masónico, asientan sus bases las leyes que dicen defender a las mujeres, cuando éstas hace mucho tiempo que se defienden solas, con su trabajo, su esfuerzo y su capacidad para sacar adelante a sus familias, las que aún quedan en pie.
Aún con los restos de un machismo inoperante en la práctica, que la mayoría de hombres rechazamos con naturalidad y sin estridencias, igual los de las actuales generaciones que los de las anteriores. Porque lo que más y mejor combate las estridencias ideológicas es el respeto a los demás y el sentido común.
Que desde un gobierno se proponga como lema feminista la frase: «Sola y borracha quiero llegar a casa», pone en evidencia en qué manos estamos. Tratando de aprobar una ley que parece establecer por contrato un  consentimiento femenino para poder relacionarse con un hombre, uno de los mayores disparates que vieron los tiempos. Ignorando que es precisamente ese misterio, el del inicio de una relación, el que la hace posible, sin que naturalmente se pueda judicializar, ni someter a prueba testifical alguna, lo que pertenece a la intimidad de dos personas.
Pero a la izquierda nunca le ha importado la realidad, porque de hecho se rebela contra ella constantemente. Tampoco le han importado nunca las garantías jurídicas necesarias para que en la civilización no termine imperando la ley de la selva. La izquierda lleva sus obsesiones y sus fines, mayormente totalitarios, al terreno de los sentimientos.
Apela al victimismo de los colectivos que le son más rentables electoralmente, sin importarle que, por el camino, haya otros que quedan marcados y señalados, estigmatizados, criminalizados, y finalmente perseguidos y juzgados. Los hombres que hasta ahora pasaban una noche en el calabozo por una denuncia falsa de agresión, a partir de ahora se pueden pasar varios años de su vida entre rejas.
La ley feminista de Irene Montero y su marido contraviene no solamente la igualdad entre todos, independientemente del sexo, la raza o la religión, va también contra la lógica de las cosas. Aquellos que lo aplauden, pensando ingenuamente que ayudará a las mujeres que son víctimas de agresiones, quizá lo aplaudan menos cuando se vean, ellos mismos, delante de un tribunal, sin haber hecho absolutamente nada.
Porque cuando se acaba con las garantías jurídicas, los derechos y las libertades, se entra en una senda que termina en el totalitarismo. Y lo que el Frente Popular de Sánchez e Iglesias quiere es precisamente eso: acabar con lo poco que todavía sigue en pie.
María, la madre de nuestro Señor, es el mayor ejemplo de virtud femenina. Pero también nuestras madres y abuelas, mujeres abnegadas que pudieron con todo, y que superaron dificultades mucho mayores a las que existen hoy. Todos debemos luchar contra la violencia, pero no sólo contra la mujer: contra toda violencia ejercida de manera injusta contra un ser humano.
Y reivindiquemos, no el día de la mujer contra el hombre, ni del hombre contra la mujer, que es ahí donde socialistas y comunistas nos quieren llevar. Reivindiquemos mejor un mundo y una España donde nadie se aproveche de su sexo para medrar ni para perjudicar a los demás.
Rafael Nieto ( El Correo de Madrid )