En los Estados Unidos de América la figura del portavoz es fundamental porque se supone que habla en representación del Presidente y se cuida muy mucho de no decir una mentira o una gilipollez.  

La prensa nacional e internacional lo respetan porque saben que cumple con dos de sus principales obligaciones en cada comparecencia: no miente y tampoco elude las respuestas de las preguntas de los periodistas, con la salvedad de que puede acogerse a la fórmula del No coment (sin comentarios).

En esos casos los corresponsales  saben interpretar la delicadeza del asunto sobre el que no se ha pronunciado y los investigan, pero no concibe que se les mienta, porque en ese caso acaban descubriendo el “Watergate”,  y el Nixon felón de turno, dimite.

En cambio, en otros países, como, por ejemplo, España, la relación del poder con la prensa es de escaso respeto porque tiende a convertirla en un instrumento subvencionado y a su servicio, de tal manera que se aceptan comparecencias sin preguntas o respuestas sin contenido, con lo que ni el gobierno ni los medios están cumpliendo con su obligación.

He conocido a muchos portavoces desde que se instauró la democracia, y al hacer repaso de sus nombres y trayectorias no encuentro a ninguno que supere a la ministra María Jesús Montero, que lo es de Economía, aunque estudió medicina, y tal vez por evitar males mayores a sus eventuales pacientes, se metió en política donde cualquiera vale para un roto o un descosido, y nunca se pagan los efectos colaterales de los errores que se cometen.

La anterior portavoz y ministra de educación, Isabel Celáa, triste y mal encarada, fue sustituida por una andaluza sevillana que tiene la gracia en otro sitio distinto a donde la guardaba la vasca, a la que se le entendía todo, pero a ésta no se le entiende nada , porque lo suyo es la verborrea saturada en la que intercala tres o cinco frases del vademécum progresista, feminista, ecologista, antifascista y diarréico, para  no responder a ninguna pregunta, que es la primera obligación de un portavoz  en estos tiempos de desahogo antidemocrático.

En honor a unos pocos de los que la precedieron en esa función en otros tiempos, he de reconocer que algunos mantuvieron la dignidad del cargo e hicieron lo posible por servir a su Señor y a la prensa sin perder la vergüenza, pero dado que este gobierno es un bunker de silencio, un ventilador de propaganda o una máquina de desmentirse a sí mismo, solo tengo la leve esperanza de que sobrevivan los periodistas de verdad y vayan desapareciendo de los medios los mamporreros del poder, porque nunca como hoy ha estado más de actualidad la frase de Groucho March:

“Siempre le dije a mis padres era pianista en un burdel. No quería avergonzarles si descubrían que trabajaba de periodista”.

Diego Armario