POSTUREO ESTÉRIL

Las negociaciones que han permitido alcanzar un pacto de cambio en Andalucía provocan incredulidad tendente a la melancolía. No hablo de los dirigentes desalojados, no. Esos vivieron la jornada electoral con estupor, pusieron en marcha las trituradoras al considerar inminente su salida de los despachos que habían ocupado durante casi cuatro décadas y se dieron por cesados, muy a su pesar, ante la derrota sufrida a manos de PP, Ciudadanos y Vox.

De haber conseguido PSOE y Podemos nueve escaños más de los alcanzados habrían fraguado de inmediato un acuerdo destinado a seguir repartiéndose el poder, por lo que en aquellos días de diciembre uno y otro se dijeron que eso harían los vencedores no tardando mucho. ¡Craso error de percepción! Fiel a su tradición fratricida, el centro-derecha español se enzarzó en peleas intestinas en lugar de sumar fuerzas, con el consiguiente espectáculo de lucha en el barro resuelto ayer, in extremis, merced a la mediación popular.

Y es que aquí el único que ha remado decididamente hacia la playa del consenso ha sido el PP de Pablo Casado, pese a sufrir en sus siglas el ataque de unos y otros. Contra su barca se han levantado el postureo estéril de Cs y el extremismo de Vox, dedicados a poner palos entre las ruedas de un posible acuerdo. Los de Rivera adoptaron desde el inicio una actitud esnob, de ninguneo ostentoso a las huestes de Abascal, percibidas y tratadas como un socio indispensable al que era preciso, no obstante, mantener oculto a los ojos del mundo democrático.

Abrió las hostilidades el recién llegado Manuel Valls, profundo desconocedor de nuestro país, y nadie en su formación se atrevió a pararle los pies. Los malditos cálculos electorales, avizoro, mandarían priorizar el célebre «cordón sanitario» sobre el sentido común, el coraje y el interés de los andaluces. De manera que ahí ha estado Juan Marín, subido a su pedestal biempensante, esperando a que fuera Teodoro García Egea quien se «manchase las manos» consiguiendo los votos necesarios para proclamarle vicepresidente de la Junta.

Al otro lado de la mesa negociadora se sentaba un Javier Ortega Smith cuya posición era, hasta ayer, contraria de facto al entendimiento. El documento de 19 puntos presentado como base para el diálogo satisfacía sin duda las expectativas de sus militantes más ardorosos, pero no constituía un punto de partida serio si de verdad se pretendía llegar a algo.

Era una refutación en toda regla de la Carta Magna, un batiburrillo de medidas viscerales que no distinguía entre competencias autonómicas y estatales, un brindis al sol patriotero, que no patriótico, un desahogo tendente a marcar terreno ideológico a costa de poner en riesgo la posibilidad de un relevo efectivo, o acaso una respuesta a los desplantes de la formación naranja, a todas luces pueril, ya que perjudicaba al conjunto de los ciudadanos andaluces, ansiosos por ver aire nuevo impregnar los pasillos de San Telmo.

Al final se ha impuesto la cordura gracias a los buenos oficios de los embajadores populares, cuyo trabajo hará presidente a Juan Moreno Bonilla a costa de un serio desgaste para su partido a escala nacional. Las encuestas no parecen premiar los riesgos que ha corrido Casado tendiendo la mano a sus rivales por un mismo espacio electoral, sino que castigan esa labor constructiva con una pérdida de apoyos a ambos lados del espectro.

España es un país ingrato, además de cainita. Siempre lo ha sido. Tal vez eso explique la abundancia de cobardes, mediocres, sectarios, extremistas y corruptos en nuestra escena política. ¡Ojalá que esto cambie algún día!

Isabel San Sebastián ( ABC )