La capacidad para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos mediante su acción de gobierno, con el añadido de dejar como estela un legado digno de ser recordado por las futuras generaciones, es lo que principalmente diferencia a los grandes dignatarios políticos de aquellos otros que, dada su falta de cualificación para ocupar un cargo de responsabilidad máxima, solo pueden pasar a la historia como mandatarios incompetentes, con una nefasta repercusión en la sociedad que los ha padecido.

Desgraciadamente, a lo largo de la historia, los primeros son excepción, mientras que los segundos abundan, probablemente porque a la política, con honrosas excepciones, suelen dedicarse aquellos que tienen como principal objetivo medrar en un ambiente propicio para ello.

Los grandes líderes políticos casi de forma invariable presentan una serie de rasgos caracteriales que los hacen particularmente aptos para el gobierno de las naciones. Entre estos rasgos cabría destacar una personalidad recia, asentada en unos sólidos principios morales y unas firmes convicciones ideológicas, un alto grado de abnegación y altruismo que les hace supeditar en todo momento el interés personal al bienestar general, una lealtad inquebrantable a los compromisos adquiridos con la ciudadanía y finalmente, sin ánimo de ser exhaustivos, la suficiente sabiduría como para ser capaces de establecer el rumbo a seguir y el necesario temple como para mantener fijo el timón, sin que se les nuble la mente ni les tiemble el pulso, por más amenazas que aparezcan en el camino.

Todas estas cualidades son las que confieren a determinados individuos esa capacidad de liderazgo que hace que un pueblo deposite en ellos su confianza, con el convencimiento de que el honor, el valor y la entrega constituyen el innegociable equipaje de tan egregios personajes.

Isabel Díaz Ayuso durante sus dos años de andadura como presidenta de la Comunidad de Madrid ha dado muestras más que suficientes de su enorme talla política, al exhibir, con su actuación a lo largo de la crisis sociosanitaria que nos asola, todas y cada una de las virtudes anteriormente descritas.

De hecho, su figura ha adquirido particulares tintes de grandeza durante este complejo periodo por el que transitamos, ya que -en medio de las críticas de algunos de sus propios compañeros de partido, las traiciones de sus socios de gobierno autonómico y el permanente sabotaje por parte del gobierno de la nación- no solo ha sido capaz de imponer su propia hoja de ruta a la hora de afrontar la crisis, sino que ha logrado gestionar con indudable éxito el reto que suponía el abordaje conjunto y equilibrado de la problemática sanitaria, social y económica.

Para culminar la demostración de su capacidad de liderazgo, Isabel D. Ayuso, ante la amenaza de una moción de censura maliciosamente diseñada por ese maestro de la traición que es Pedro Sánchez, se anticipó a los acontecimientos y convocó elecciones anticipadas, para que fueran los madrileños los que pusieran las cosas en su sitio.

Las elecciones se celebraron y el triunfo de Isabel D. Ayuso fue de tal calibre que su repercusión se hizo patente a nivel nacional, convulsionando el escenario político hasta entonces imperante; así, por un lado, provocó el entusiasmo de una derecha que andaba alicaída y, por otro lado, sumió en un profundo desconcierto a una izquierda que, con su política de pactar incluso con el diablo, se creía prácticamente invencible.

A su vez, con su victoria electoral, Isabel D. Ayuso consiguió no solo expulsar de la vida política a un despojo humano como Pablo Iglesias, sino también mostrar las miserias de un psicópata como P. Sánchez -tal y como hizo el niño con el rey desnudo- obligándolo a rumiar las uvas de la ira.

Si alguien, además de Isabel D. Ayuso, puede sentirse satisfecho con los resultados de las elecciones del 4-M esa persona solo puede ser Rocío Monasterio, ya que, a pesar de los intentos de desestabilización mediante las agresiones tanto verbales como físicas de una izquierda instalada en la radicalidad más absoluta supo mantener la serenidad y trasladar su mensaje a los madrileños con indudable éxito.

Así, los resultados obtenidos en los comicios madrileños confirmaron que Vox había llegado a la política española para quedarse, ya que si en la Comunidad de Madrid, a pesar del “efecto Ayuso”, el partido mejoró sus resultados respecto a las elecciones anteriores, demostrando con ello que tiene un suelo electoral firme, a nivel nacional la conclusión más plausible a la que se puede llegar después de un análisis en profundidad de la realidad sociopolítica española es que Vox presenta unas excelentes expectativas de crecimiento, lo cual solo puede llevar a su consolidación como fuerza política de enorme relevancia de cara a la formación de una alternativa de gobierno de centroderecha.

Confirmando este planteamiento diferentes encuestas realizadas tras el 4-M han venido a poner de manifiesto que el PP sería actualmente el partido más votado en el conjunto de España, si bien estaría lejos de obtener la mayoría absoluta, por lo que, dado el definitivo desplome de CS, resulta evidente que solo podrían gobernar pactando con Vox.

Así lo han entendido, con notable clarividencia, tanto Isabel D. Ayuso como Rocío Monasterio, tal y como demuestra el respeto con el que mutuamente se han tratado en todo momento. Así, durante la campaña electoral evitaron a toda costa entrar en una guerra de reproches y descalificaciones mutuas, a pesar de los intentos de una izquierda mediática deseosa de dinamitar posibles acuerdos entre sus respectivas formaciones políticas.

A su vez, tras la celebración de las elecciones ninguna de ellas ha dudado en abrir vías de diálogo para aunar esfuerzos y lograr una mayoría estable en la Asamblea de Madrid, con la finalidad de establecer un gobierno sólido y capaz de afrontar con garantías de éxito los enormes retos que aguardan en el futuro.

El mensaje lanzado por la ciudadanía española también ha sido completamente asumido por Santiago Abascal, el cual -demostrando una vez más su clarividencia política, su generosidad y su altitud de miras- se ha comprometido públicamente a colaborar con el PP con el objetivo de garantizar la gobernabilidad del centroderecha allí donde sea posible, impidiendo así la llegada al poder de socialcomunistas e independentistas.

No cabe decir lo mismo de Pablo Casado, el cual, a tenor de las manifestaciones realizadas tras el 4-M, parece no haber asimilado todavía que la victoria en Madrid no se debió ni a su figura -a medio camino entre la arrogancia que todo inseguro exhibe y la necedad que todo incompetente muestra- ni a su forma de hacer política -marcada por los complejos ideológicos y la sumisión al pensamiento de la grey progre-.

Tampoco parece haber entendido, demostrando sus carencias cognitivas, que sin el apoyo de Vox sus posibilidades de llegar a la Presidencia del Gobierno de España son prácticamente nulas, particularmente teniendo en cuenta la existencia de una dinámica parlamentaria perversa derivada de una ley electoral que solo puede resultar apta para tarados, dado que resulta obvio que sus deficiencias formales pueden ser aprovechadas indistintamente por individuos ávidos de poder, como P. Sánchez, o deseosos de deconstruir la democracia para implantar un infierno totalitario, como son los comunistas, o directamente dedicados a la destrucción de la nación española, como son los golpistas catalanes y los filoterroristas vascos.

En cualquier caso, más allá de personalismos políticos, en un momento como el actual, en el que los cimientos mismos de la nación española se ven amenazados por el Frente Popular instalado en el poder, resulta fundamental que se produzca un proceso de refundación del centroderecha español con posibilidades de presentarse ante la sociedad española como una alternativa real de gobierno.

Este proceso pasa por el desarrollo de un programa político asentado en unos principios ideológicos y orientado por ello no solo a lograr una eficiente gestión económica, sino también a propiciar el escenario que posibilite la existencia de una sociedad constituida por individuos libres y responsables, capaces de elegir su propio camino sin verse continuamente sometidos a un intervencionismo estatal asfixiante.

En definitiva, para frenar el vertiginoso proceso de demolición institucional emprendido por el gobierno socialcomunista, resulta imprescindible emprender cuanto antes la gran tarea de regeneración y reconstrucción que España necesita.

Ello solo será posible si tanto el PP como Vox aceptan que, para llevar a cabo semejante cometido, ambos están obligados a entenderse.

Rafael García Alonso ( El Correo de España )