Un día como hoy en el Congreso de los Diputados hay que llevar botas de agua para no mancharse en exceso con el fango que  van dejando por el camino al menos tres grupos parlamentarios de ámbito nacional como son el Psoe, el PP y Podemos, que reclaman la presunción de inocencia para tapar sus vergüenzas, pero le niegan ese derecho a sus respectivos oponentes políticos.

Yo,  que soy respetuoso con las leyes, sostengo que la presunción de inocencia en los casos que están bajo la lupa de los tribunales de justicia les asiste a Sánchez Iglesias y Casado, pero lo que no estoy dispuesto  a regalarles es la presunción de vergüenza, porque han perdido la honestidad que supongo que algún día tuvieron y carecen de la elemental dignidad que acompaña a la gente  que no miente.

España, a través de su clase política, se ha convertido en un espectáculo obsceno que deteriora  nuestra imagen ante el mundo civilizado y democrático, a  cuyos ciudadanos informados seguramente les cuesta entender que la mentira se haya instalado en nuestro país como única base argumental,  y se preguntan qué es lo que hemos hecho para merecer esto.

Nuestros políticos convierten permanentemente la realidad  en la  ficción que más les conviene,  y pelean entre sí  para arrojarse porquería  o taparse sus vergüenzas.

Asistir o escuchar una sesión de control parlamentario es un ejercicio inútil  y descorazonador que satisface a palmeros agradecidos, masoquistas irredentos y hooligans de frenopático, porque la verdad en política no existe ya que depende del número de diputados que apoyen una mentira para amnistiar a un delincuente.

Por eso el papel que desempeñan los portavoces de los partidos políticos es uno de los más denigrantes que puede tocarle hacer a un padre o a una madre de la patria,  y por esa razón a veces eligen para esa función a una mujer o a un hombre sin cultura o sin principios.

Sólo nos enteramos de parte de la verdad cuando un disidente se marcha y abre el candado de su boca, un mediocre comete la torpeza de decir lo que no quería o un vicepresidente que no recuerda o no le importa su compromiso de confidencialidad se pasea por las televisiones contando cómo abronca al Presidente del gobierno y de qué forma éste le pide perdón.

Todo lo demás es mentira porque no tienen vergüenza.

Diego Armario