Los Napoleones odiaban a los primos. El Príncipe Napoleón, o Plon-Plon, era primo de Napoleón III, y tan tonto, que decía no tener que ver con Napoleón I. «Sí, ¡tu familia!», le decía el Tercero. Pero Plon-Plon, que iba de anticlerical, insistía en hacer el primo comiendo salchichón el Viernes Santo y hablando bien de Proudhon.

Somos un pueblo de arreón y, si no nos llegan los dineros, acabará llegándonos el valor, pero cuando sólo necesitemos de la resignación, porque somos un Estado, más que «fallido», constitucionalmente «deconstruido», donde los gobiernos aplican los decretos de alarma antes de publicarlos llenos de solecismos que los hacen nulos de pleno derecho sin que los damnificados los demanden por daños y perjuicios, desaparecido aquel «vivaz espíritu jurídico» que Albornoz atribuía a los españoles por el roce con el invasor romano, que dónde estará.

Sólo sabemos que seremos sancionados «con arreglo a las leyes».

¿Qué leyes? ¡Ah! Las del barullo constituyente.

Ignacio Ruiz-Quintano ( ABC )