EL PRINCIPIO DE LA REALIDAD

En las calles de Cataluña, unos cuantos críos enteramente regidos por el principio de placer han vivido su primavera revolucionaria mediante el secuestro de decenas de miles de trabajadores. Lo llamó huelga, esta juventud sarcástica. En cuanto los Mossos hicieron saber que el 155 era tan simbólico como la república que venía a abolir, Cataluña se convirtió en una paidocracia, una pesadilla que parece salida de la mente de Chicho Ibáñez Serrador y que permite aplazar durante un tiempo la inevitable irrupción del principio de realidad. Esta era una consecuencia previsible de la decisión del presidente Rajoy de convocar las elecciones autonómicas para el 21 de diciembre. El proceso, que ya no el procés, se instalaba desde entonces en la más pura lógica política, la que invita a supeditar los principios a la estrategia. El primero, el principio de realidad.

Las pasadas 48 horas demuestran que en España sólo uno de los poderes del Estado está determinado -es mejor pensar que es el único determinado a pensar que es el único capacitado- a que se produzca un despertar de las conciencias. El principio de realidad se hizo bellamente presente en la sala donde el juez del Supremo Pablo Llarena tomó declaración a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y a los miembros de la Mesa de la cámara autonómica. El apocalipsis era esto, la rendición innoble de quien en su día prometió no dar “un paso atrás” y que ahora promete no dar ni un paso adelante. La capitulación de Forcadell debería romper el hechizo que ha embaucado al independentismo pero también al Gobierno. Todo fue, ni más ni menos, que un desafío y el desafío era a la vez el medio y el fin.

Por eso ahora produce sonrojo recordar aquellos esfuerzos tan tiernos que hacíamos por autoconvencernos de que el Estado ya no podía hacerse presente allá donde llevaba tantos años ausente. La declaración de independencia fue la destrucción nada simbólica del procés, el final festivo -fugazmente festivo- de una ilusión colectiva que ha provocado el empobrecimiento moral y material de una comunidad próspera. Veinticuatro horas antes de que Carme Forcadell ingresara en el principio de realidad, los cachorros de la sedición imponían en las calles su principio de placer. Ese es el verdadero problema político de Cataluña y la mejor justificación para que, al fin, los ciudadanos catalanes puedan hablar con todo rigor y de una forma nada metafórica de su incomodidad.

Rafa LaTorre ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor