De fingir durante meses una victimización del Gobierno porque el PP se oponía a respaldar en plena pandemia sus Presupuestos, Pedro Sánchez ha pasado a mostrar su rostro más extremista y sus prisas por imponer su agenda radical aprobando -en muy pocos días, antes de fin de año y sin apenas debate- leyes que socavan pilares esenciales de nuestro modelo de convivencia.

Sánchez es un extremista que pretende hacer pasar por una «agenda social de progreso» lo que solo es un auténtico proceso de degeneración democrática. Nunca ha querido negociar ni pactar absolutamente nada con partidos constitucionalistas y moderados.

No es cierto que se haya visto obligado a caer en manos del «club de la moción de censura» porque no tenía otra alternativa para poder gobernar. Es que los ha elegido él, y a sabiendas de que el chantaje político al que le fueran a someter iba a ser lo de menos, porque en el fondo Sánchez está demostrando que piensa exactamente igual que ellos y lidera un proyecto común, destructivo del sistema político de 1978.

Sánchez se ha adaptado tanto al separatismo y a su proyecto revisionista, que ha decidido hacer ostentación de su extremismo entregando el Gobierno y el Parlamento -aún resiste el Poder Judicial- a partidos que no creen en la democracia. Y siendo esa táctica preocupante, lo más alarmante es que Sánchez demuestre en cada momento que él tampoco cree en la democracia, si ésta choca con su ambición de poder.

Está cómodo con Podemos, y no resignado ni insomne, aunque Pablo Iglesias se haya empeñado en sabotear el Consejo de Ministros desde dentro y en apretar para acelerar el proceso. Con ERC, Sánchez comparte la unidad de acción porque él mismo está convencido de que la condena a los líderes separatistas fue injusta y debe excarcelarlos desactivando el delito de sedición, o directamente indultándolos.

Y ahora está cómodo también con Bildu porque Arnaldo Otegui, en una increíble renuncia del PSOE a su propia memoria, ha sido «regenerado» por el socialismo para la democracia como si no hubiese existido un pasado terrorista de más de 800 asesinados.

Para cada uno de esos partidos, Sánchez tiene un motivo concreto de sumisión. Pero conviene no engañarse. No es una claudicación forzada por una compleja aritmética parlamentaria que le penaliza. Sánchez no es rehén de esos partidos, sino el principal partícipe de una estrategia colectiva, pactada y diseñada para desmantelar el andamiaje constitucional. Todos ellos se han conjurado para instaurar la «cultura de la muerte» a través de una ley de eutanasia y con la ampliación del aborto.

Todos van a erradicar el castellano de las aulas allí donde quieran y golpearán a la escuela concertada a través de un adoctrinamiento ideológico forzoso. Todos van a dar luz verde a unos Presupuestos basados en el falseamiento de la realidad económica. Y todos se han confabulado para «dinamitar» la independencia judicial, como describen hoy los jueces en ABC, para crear un poder omnímodo dependiente del presidente del Gobierno.

La deriva involucionista está fuera de duda, y por eso Sánchez indulta a Bildu en el Congreso con conversaciones cómplices que ayer exhibió a plena luz del hemiciclo. Queda la clave de bóveda de toda la estructura: la Monarquía parlamentaria, atacada con desprecio por la izquierda radical como nunca ocurrió en 50 años. Pero ni siquiera contra esta deslealtad se oye una expresa desautorización de Sánchez. Es la prueba de que el PSOE no es un mero subordinado en esa estrategia.

Ni un cómplice. Es el instigador.

ABC

viñeta de Linda Galmor