La crisis de 2008 zurró a España con especial virulencia, porque aquí pincharon a la par dos burbujas: una inmobiliaria y otra financiera. La parte gangrenada del sistema financiero no era la banca privada, sino las cajas de ahorros, sepulcros blanqueados, donde los políticos tenían mano para meter la cuchara y donde algunos de sus primeros ejecutivos se creyeron que eran suyas y a veces se comportaron como caciques locales de laxo rigor técnico.

La banca es la savia que vivifica la economía. Si su flujo se colapsa, los países se van al carajo. Así que hubo que acometer una cirugía de emergencia en forma de fusiones y rescates con dinero público (el mayor, el de Bankia, la antigua Caja Madrid, que necesitó una transfusión en 2012 de 22.400 millones).

Parafraseando al viejo Guerra, podríamos decir que a la banca española «no la conoce ni la madre que la parió» respecto a cómo era antes de la crisis. Si en 2008 había 55 entidades financieras en España, hoy quedan 12. Las cajas han desaparecido, salvo excepciones testimoniales.

Todos esos movimientos empresariales y reformas no se hacen por capricho, sino para sobrevivir en el mercado. Ahora los bancos atraviesan otro momento de tensión. La larga etapa de tipos de interés por los suelos, que va a continuar, ha acogotado su negocio y el Covid ha llegado como un rejón para un sector que ya venía sufriendo.

Los beneficios se han desplomado, por la parálisis económica y por la necesidad de provisionar reservas a modo de cortafuegos. Las acciones se arrastran anémicas. Por ejemplo, en lo que va de año CaixaBank había perdido un 37% de su valor bursátil y Bankia, un 47%.

Ahora las dos entidades anuncian su intención de fusionarse, operación que tiene lógica económica y es acorde a lo que vienen recomendando el BCE y el Banco de España. Crearán un coloso que hermana a Cataluña y Madrid y que con 650.000 millones en activos será el mayor banco doméstico español. El principal accionista será la Fundación La Caixa, con un 30%, y el Estado, que tiene un 61,8% de la actual Bankia, conservará un 14% en el gigante.

Tras conocerse la noticia, champán en el Ibex. La acción de CaixaBank se disparó un 12% y la de Bankia, un 32%. Los mercados aplauden y los políticos lo ven bien o con neutralidad.

Solo hay una excepción: Podemos, el partido antiprogreso, incapaz de secundar una sola iniciativa u operación empresarial que ayude al país a avanzar (y ante el tsunami que viene es crucial contar con bancos capaces de aguantar el tirón).

La fusión les parece «una noticia preocupante», una «oligopolización del sector financiero». Lo que recomiendan es que sea la génesis de un gran banco público, tal vez inspirándose en lo bien que lo hicieron las cajas politizadas.

¿Qué opina Pablo Iglesias de esta importantísima operación empresarial en un sector vital para un país? No se sabe. El vicepresidente-florero está ocupado con su pendiente y su moño nuevos y tuiteando que el CIS debe preguntar por la Monarquía, «porque es probable que se demuestre que no tiene futuro y que en España crece una mayoría social republicana». Populismo adolescente colocado más allá de su umbral de competencia.

El mundo real les queda grande.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Agustín Muro