PROGRES

Definir al progre no es complicado, aunque la especie original se ha multiplicado en centenares de subespecies. Cela, tan sintético y rotundo, no perdía el tiempo: un imbécil con pretensiones, decía. Ya he repetido en diferentes artículos el paisaje de la pareja de progres en los momentos previos del fornicio. Un progre que se precie, siempre se siente obligado a emitir una sentencia reivindicativa o político-social con vocación de calado. El maromo aguarda en la cama leyendo en «El País» el artículo de Almudena Grandes.

Ella se desnuda. El progre hace que desprecia el encantamiento que todo desnudo de mujer produce cuando se contempla por vez primera. Sigue con Almudena Grandes. Ella, a punto de quitarse el tanga, recuerda que también es progre y que debe emitir una frase inmortal. Y la suelta: –Cariño, cada día que pasa me preocupa más el tema palestino. Lo del «tema» es fundamental. Dicho lo del «tema» palestino, ella salta al lecho, él abandona la lectura de Almudena Grandes y principia la fiesta.

En la progresía, la expresión «mi amor» está prohibida por sus máculas fachas. Se usa el «cariño», incluso en los matrimonios. –Manolo, cariño, hoy no me pongo porque estoy muy cansado-; –no te preocupes, Roberto, cariño, que yo tampoco estoy para mucho.

En su origen, el progre, sobre todo el progre de familia burguesa o adinerada –el lector de «El País» por definición–, era un vago que vivía de cine, no hacía nada y a las 8 de la tarde se ajustaba unos vaqueros y una camiseta negra con la imagen del Che estampada en rojo geranio. Las subespecies han superado ese modelo, que se considera excesivamente abusado, como el Adaggio de Albinoni. Hoy ha caído en mis manos un breve texto que acierta con holgura y precisión en su perspectiva del progre.

Creo que su autora es Martha Hildebrandt, la primera mujer en ocupar la presidencia del Parlamento de Lima. No se distrae y es conveniente leer su inteligente brevedad. «El fracasado que gusta culpar de sus miserias al “Sistema”, y procura que los demás reconozcan sus méritos como “luchador social”, predicando a favor de lo que llama “justicia social”, que, en el fondo, consiste en que unos vivan a expensas del trabajo de los demás, utilizando al Estado como cómplice.

Se les puede ver predicando su ideología en millonarias, absurdas e innecesarias ONGs y organismos públicos, nacionales e internacionales, donde solucionan sus problemas desde sus escritorios con magníficos artículos llenos de palabritas como “articular” , “visibilizar”, “empoderar”, “solidaridad”, “desigualdad”, “sostenible”… y destrozan el lenguaje con modismos incultos y sexistas como “ciudadanos y ciudadanas”, “militantes y militantas”, “peruanos y peruanas” y demás ridiculeces y agresiones al idioma. Son argolleros y gustan de hacerse pasar por intelectuales. Se les conoce también como “Parásitos sociales”, la única realidad de sus vidas inútiles».

El progre es, además, mentiroso. Presume de haber leído el «Ulises» de Joyce y el «Lobo Estepario» de Hesse, insuperables iconos del coñazo progresista. El progre subespecie «ecologeta» es, con toda probabilidad, el más gracioso. Y no queda muy atrás el «progre de sonrisas al yihadismo», muy numeroso en Podemos.

Mientras los condes de La Navata – que están deseando abandonar la progresía–, promueven las sonrisas al yihadismo, los condes disfrutan de su piscina en su millonario chalé serrano. Y para dar el toque musical reivindicativo, con fondos musicales de Pablo Milanés, también muy antiguo, a la espera de recibir de los Gómez –Pedro Sánchez de Gómez–, el compacto de The Killers, que ayuda mucho entre chapuzón y chapuzón.

Y a estas alturas del texto, todavía no me explico por qué me ha dado en escribir de estas estupideces. Agosto que termina, y enloquece.

Alfonso Ussía ( La Razón )