Ahora Afganistán. Antes contra el imperialismo yanqui, hoy claman por la liberación de los reprimidos. Hipócritas, raza de víboras como el montonero Bergoglio que calla ante la violenta represión en Cuba. Íncubos sacralizados. Ellos, los culpables.
El caos es provocado, financiado, como la artificiosa pandemia al igual que la proyectada persecución del rebelde que avista los cuernos endemoniados de esta carroña parasitaria embistiendo la existencia del orbe. El monstruo apocalíptico está desencadenado tal y como predijo el visionario de Patmos al que hoy constatamos por la experiencia con la vigencia de sus predicciones.
El Mal campa a sus anchas, ridículo, evidente, repugnante pero consentido como el repulsivo Sánchez y su corte basura en La Mareta, como la pandilla morada viviendo del cuento mientras arruinan España.

Si solo fuera por memos, adictos a la ignorancia con menoscabo de la inteligencia elemental, catetos sin dignidad, miserables sin intención, si solo fuera por eso habría perdón pese a la repugnancia que provocan. Pero hay más: son redomados inútiles y también malparidos.

Son malnacidos por canallas, escoria de los parias del averno, grupúsculos hipócritas de condición malévola, avezados abortos de la historia en reciclaje, ahora auspiciados por Satanás sobre la tierra que los dirige mancomunados para sembrar la discordia, demonizando el Bien del orbe para imponer la dictadura de lo maligno engañando a los incautos aborregados.

Despreciables bichos del infierno devenidos con apariencia humana, la siniestra galopante adueñándose sin freno de una humanidad desavisada, pasto de estas bestias sin entrañas que además de gilipollas son malvados. Así se pudran con azufre cuando regresen al hondo vertedero del que provienen.

Malditos hijos de Satanás, progros, progras, progres, no sabéis lo que os espera acumulando la ventajista cizaña. Pobres diablos de eterno destino de terror.

Al tiempo, que todo expira solo en apariencia. La recogida de vuestras siembras se acompañará del pavoroso grito por las maléficas complacencias terrenas de las que os servís con la conciencia ausente.

Confiaos. 

Ignacio Fernández Candela ( El Correo de España )