El mensaje no deja de reproducirse una y otra vez machacando incesante las consciencias de los telespectadores que, por costumbre o inocencia, buscan informarse mediante el telediario. Por supuesto también sucede en la prensa en general y las redes sociales.

La advertencia mediática es taxativa: no cantar villancicos sin mascarillas y nada de abrazos en esta Navidad. Lo dicen los expertos, desconocidos reconocidos que efímeramente pasan por pantalla y son consultados por los presentadores que modulan el dramatismo de acuerdo a las indicaciones de la dirección según el rating y la audiencia.

Por supuesto, también los epidemiólogos homologados por la OMS recomiendan abstenerse de encuentros familiares. Parece que el nuevo peligro mortal que se cierne sobre la Tierra y la raza humana en esta Navidades son las tradicionales y alegres alabanzas populares al nacimiento de Jesús, el Niño Dios y la muestra de amor y cercanía más connatural del ser humano.

Es lógico advertir de la peligrosidad de un virus del que aún se sabe poco y tomar precauciones, aunque estemos a las puertas de una vacuna -o varias- y de una vacunación masiva a nivel mundial que despierta dudas y suspicacias entre una población que comienza a sentir fatiga informativa más que pandémica.

Lo que no es lógico es la aceptación acrítica de todo mensaje mediático, en teoría basado en la ciencia sanitaria, y que se entrelaza con lo ideológico acorde al pensamiento políticamente correcto del Nuevo Orden Terapéutico Mundial. Cuando este mismo tipo de reflexión puede llegar a convertirse en un delito ya estamos inmersos en una peligrosa distopía de maliciosa estupidez.

No pareció casual, tampoco efectiva o totalmente necesaria la prohibición en su momento de la misa, luego la Semana Santa y ahora la Navidad. Le seguirán los Reyes Magos y repetir el ciclo hasta conseguir a mediano plazo la erradicación de toda seña de identidad cristiana y su reemplazo por una nueva religión laica, sostenible, diversa e inclusiva, más acorde con el mundo de diseño de las elites mundialistas.

Las gotículas y aerosoles de fe, amor y felicidad que anidan en el corazón de un cristiano, expelidas al entonar “Campana sobre campana”, “Ay el Chiquirritín”, o “Los peces en el río” -entre los más letales de la lista- llevarían directamente a la tumba a la abuela entre turrón y mazapán. Los calurosos abrazos ya entran en la categoría de arma de destrucción masiva que justificarán un bombardeo indiscriminado de Pfizer -por supuesto con el aval de Naciones Unidas- contra la población civil.

Con el estado de alarma en vigor, las restricciones de movilidad y los toques de queda, la cancelación de la Navidad es un duro golpe de carácter espiritual y por ello más dañino aun que las importantísimas pérdidas económicas sufridas por la caída de las ventas en estas fechas.

Lo material se recupera antes que lo metafísico. La ridiculez y casi herejía de un Belén con mascarillas no tiene nada que ver con la concientización sanitaria ni con la responsabilidad comunitaria, por mejor intención que se tenga, sino con la banalización de lo religioso, que es sustento de la identidad del pueblo y la civilización. Y ese es el motivo del porqué del no cantar villancicos, abrazarse o pasar la Navidad en familia: alejar al hombre de lo sagrado para su encaje en los objetivos del globalismo.

Cuando el mundo parece desmoronarse, la civilización caer, los pueblos desarticularse con la perdida de sus soberanías y los hombres sus libertades, la salida es la vuelta al principio y a los principios que nos dieron una identidad inequívoca y perdurable. Esto no es solamente una cuestión de religión o fe, sino de supervivencia de la Tradición, la Cultura y la Identidad de nuestra Civilización.

Podrán intentar por todos los medios y con cualquier excusa acabar con la Navidad y lo que ello representa: el nacimiento y renacimiento de un ciclo anual pero también eterno de Dios Nuestro Señor y su unión mística con el Hombre.

La excusa pandémica, las prohibiciones y el consumismo on-line no deberían ser suficientes para terminar con lo que simbolizan los villancicos y los abrazos a los seres queridos en estas fechas. Aunque a simple vista no lo parezca, contienen una parte esencial del fuego eterno y sagrado de nuestro ser.

Y ello será defendido, ayer, hoy, mañana y siempre.

José Papparelli ( El Correo de España )