EL PSOE SE DESLIZA HACIA LOS CANTOS DE SIRENA POPULISTA

Pedro Sánchez no evitó ayer caer en un error tan de principiantes como el deconfundir a los militantes de un partido con sus votantes. La afiliación en nuestro país a formaciones políticas es tan escasa -incluso dando por buenas las cifras engordadas que se declaran- que las bases son cada vez menos representativas de la sociedad. Sin embargo, por su fachada democrática, siempre suena seductora la apelación de los dirigentes a dar más voz a la militancia, cuando en realidad muchas veces no es sino un ardid para no ejercer las propias responsabilidades o para tratar de ningunear a los órganos de contrapoder que deben existir en cualquier partido que de verdad se tome en serio lo de actuar con cánones de democracia interna.

Así, no parece que el conjunto de los españoles ganen mucho con las nuevas normas de funcionamiento internas aprobadas por el PSOE. El Comité Federal dio luz verde a un reglamento a la medida de su actual líder, Pedro Sánchez, decidido a acumular más poder del que nunca en la centenaria historia del partido han tenido los secretarios generales, en detrimento de los órganos de dirección. Sánchez tendrá la interlocución en exclusiva con las bases para decidir cuestiones como los pactos de Gobierno o el sentido del voto ante investiduras de partidos distintos.

Con la excusa de incidir en una mayor democratización de la formación, Sánchez ha protagonizado un limpio ajuste de cuentas a los barones, quienes van a ver muy mermado su poder decisorio. Decía Francis Bacon que una persona que quiere venganza guarda sus heridas abiertas, y es evidente que Sánchez no ha olvidado lo mal que se lo hicieron pasar Susana Díaz y otros líderes regionales cuando forzaron su caída de la dirección. Al cónclave de ayer no asistieron ni la presidenta andaluza ni otros como Ximo Puig o Javier Fernández. Y los que sí lo hicieron evitaron pedir la palabra, ante la evidencia de que ahora mismo el líder socialista está sobrado de apoyos para dar este golpe de timón. Claro que todo ello confirma lo lejos que se está de que las aguas circulen tranquilas en el PSOE.

Sánchez logra ver reforzado su liderazgo. Pero a costa de adoptar un modelo populista de partido, muy en línea del espíritu del Podemos de Pablo Iglesias, sin estructuras de contrapoder intermedias fuertes, que rompen con la tradición del PSOE y que pueden desembocar en un peligroso caudillismo del secretario general.

Y, lo que es peor, este tipo de experimentos, igual que sirven para agitar la vida interna de las formaciones, acaban afectando a la estabilidad de los países. Véase el ejemplo de Alemania, pendientes de que las bases del PSD ratifiquen o no elacuerdo de Gobierno con Merkel. Por lo pronto, el proceso le ha costado la caída a su líder, Martin Schulz, incapaz de hacer entender a sus militantes que la política sigue siendo el arte de lo posible.

El Mundo