El Rey reunió ayer a cuatro expresidentes del Gobierno con motivo de la reunión del Patronato del Real Instituto Elcano.

Tres de ellos in situ (Aznar, Zapatero y Rajoy) y uno por videoconferencia (González), pero sumaban entre los cuatro 36 años de Moncloa y quisieron estar junto a Don Felipe cuando más arrecia la campaña contra la Corona promovida desde la parte podemita de un Gobierno que lleva apenas diez meses y que no ha perdido el tiempo a la hora de colocar en el primer plano del debate político la pertinencia de la llegada de la III República.

Primero porque cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo y segundo porque le viene de perlas agitar ese espantajo para desviar la atención de su desastrosa gestión de la crisis del coronavirus y las tremendas consecuencias que acarrea para el Gobierno que apenas esperaba un par de contagios y que lleva un millón y va camino de 60.000 muertos en la mochila.

Porque si Sánchez presumía en julio de haber salvado casi medio millón de vidas, justo parece recordarle los muertos.

A estos desgraciadamente ya nada les queda al margen del recuerdo perenne en el corazón de todos, pero a sus familiares y al resto de los ciudadanos les gustaría que el Gobierno de país se entregase en cuerpo y alma a lo esencial: salir de este espantoso laberinto (sanitario, económico y social) que nos ha cambiado la vida y traído ese copioso y demoledor chaparrón de muerte, miseria y miedo a qué pasará mañana.

Porque los españoles no piden entrada de platea para ver, por ejemplo, el patético espectáculo de dos ministras (las dos Montero) discrepando en la misma mesa sobre la utilidad de la monarquía parlamentaria.

La pandemia crece por todo el país, Madrid ya no sirve de excusa, y Pilatos sigue lavándose las manos en todo desde que proclamó su victoria sobre el virus. Sigue atusándose el pelo ante el espejo como un tancredo presumido, entregado a lo estéril, a las pamplinas, a las ocurrencias, a las mascaradas efectistas y a unos tics de autoritarismo que meten miedo hasta en Bruselas.

Primero fue la Fiscalía («Pues eso») y ahora los jueces. Si lo consiguen, el paso siguiente será la Corona. Por eso la andanada contra Don Felipe y por eso calla Sánchez cuando uno de sus ministros o de sus socios separatistas o proetarras insultan al Rey. Es la peor pesadilla que recuerda España. Su «talento» solo le alcanzó para acertar que los españoles no dormirían tranquilos.

Y sí, aquí y ahora no hay quien pegue ojo.

Álvaro Martínez ( ABC )