PUESTOS A CEDER, VAMOS A PEDIR

«Niño y flojito», apuntó Gabriel Rufián, que estaba de padrino. Esa costumbre tan anglosajona de dar un margen de cien días para que los nuevos equipos de gobierno echen a andar y rodar no tenía mucho sentido tras un parto parlamentario en el que el gabinete del doctor Sánchez exhibió todas sus vergüenzas y debilidades.

Si la coalición de Pedro y Pablo cedía con lo más sagrado, qué no iba a hacer por aquello por lo que tanto gritó y peleó durante su gestación: la gente. Ya se encargarían los sindicatos de separar el polvo de la paja, certificar la legitimidad de cada protesta y señalar a la derecha carca y terrateniente, por si le daba por salir de la

 cueva a tomar el fresco y la calle. Unai Sordo y Pepe Álvarez son los que te ponen el sello en la muñeca cuando vas a fumar.

Aprovechando que Pepe y Unai estaban en León y no los veían, los autónomos se juntaron ayer en Madrid para enumerar su catálogo de demandas, que son las de siempre, pero que con este Gobierno tienen más posibilidades que nunca de desembocar en un apaño.

Hay que llegar muy bien a fin de mes y tener las necesidades cubiertas y rebosadas para no tratar de aprovechar en este arranque de legislatura, cuchara en mano, la buena disposición al diálogo que tiene el Ejecutivo de Sánchez y lo poco que le gusta el conflicto. Habrá sectores que decidan quedarse en casa, pero todo esto es como para pensárselo.

Ver a Iván Redondo inclinarse ante Torra y a Pablo Iglesias ante Cañamero es una señal de esperanza para todos los que se tiraron el septenio de Rajoy tocando el pito en la Castellana, por los recortes, y quemando fotos del Rey en la Diagonal, por lo mismo. Tonto el último.

Con Pedro y Pablo, y con Pepe y Unai, dan ganas de salir a la calle. Hay garantías fundadas de que la cosa de la protesta puede cuajar en algo importante. Ahora sí. Esta gente sabe escuchar, y sentarse, e inclinarse.

El déficit del Estado no puede ser, como la Constitución, en la que también aparece esta variable, artículo 135, reformado con el solemne voto de Sánchez, la excusa rigorista para que el Gobierno interrumpa una racha de cesiones que distrae y encandila por su artificio territorial, pero que tiene en la economía su verdadera traca, siempre final.

Jesús Lillo ( ABC )