PUIGDEMONT ES UN PAYASO

Ayer vimos a Puigdemont en Flandes en el último acto de la leyenda negra. Hizo el relato de la mano tendida y la no violencia frente a la agresividad del Estado. «¡Qué jeta! Se quieren quedar en Bruselas hasta el día de las elecciones», me explica alguien que observa el festival de cobardía. Declaró que no pide asilo pero no volverá a España a enfrentarse a la Justicia. Decía Pla -después de ser tachado de desleal- que traidor es lo contrario a patriota y Talleyrand -que también fue acusado de felón y de héroe- escribe en sus memorias que «la traición es cuestión de horas». Desde el visca la terra a nuestros días hubo alzamientos heroicos de los nacionalistas contra lo que consideraban ultrajes del Rey. Ahora han pasado de héroes a villanos en cuestión de horas. La estampa de Puigdemont en Bruselas era la del bellaco, mientras, en Barcelona los independentistas hacían los relevos en las cafeterías, colaborando con los enviados del Gobierno.

Todos los políticos catalanes -incluso los acusados de rebelión- aspiran a ser candidatos y a quemar lo que adoraban. El mismo Puigdemont ha reconocido que esperan las elecciones convocadas con el artículo del 155 del Estado opresor con todas sus fuerzas. Ya se ve que los constitucionalistas tragarían un tripartito con los republicanos y éstos volverían a su hipocresía autonomista. Actúan como Diógenes cuando fue hecho prisionero y vendido. Le preguntaron que sabía hacer y respondió: «Mandar. Pregunta quién quiere comprar un amo». Parece que el que más desea volver al Palau es Junqueras. Este concejal de fortuna considera a los independentistas campeones de la democracia. «Es usted -le dijo en el mitin Borrell– un totalitario absoluto». Le acusó de haber lanzado a sus radicales para coaccionar a Puigdemont en el momento que había decidido convocar elecciones. Un ilustre catalán declara: «Puigdemont es un payaso. El peligroso es el gordo, que nos echó encima el 155 acosando al president«.

En un luminoso artículo publicado en El País -Tiempo de banderas– Antonio Rovira, catedrático de Derecho Constitucional, habla de las banderas que representan una de nuestras dos mitades y lo malo que es dejarse llevar por una que aspira a destruir a la otra. «En esto consiste el fanatismo, que no es locura sino odio, y no respeta nada». Reconoce el catedrático que los fanáticos están creando desolación en nombre de la democracia y convirtiendo Cataluña en un polvorín que puede salpicar a toda Europa. Me dice: «El Gobierno debe volver a la propuesta concertada en el Estatuto anulado y el Govern, a la legalidad constitucional».

Raúl del Pozo ( El Mundo )