PUIGEMONT, PRÓFUGO O ENCARCELADO

Una huida desde Gerona en coche en dirección a Marsella, donde hizo escala para tomar un avión con destino a Bruselas, dio comienzo a la estrambótica precampaña de Carles Puigdemont a las elecciones catalanas. Era el último día de octubre. Puigdemont había sido cesado como presidente de la Generalitat en virtud del artículo 155 e inició una extravagante escapada para evitar a la Justicia española. El ex president había tomado la decisión de no acudir a la llamada de la Audiencia Nacional para declarar y, al mismo tiempo, había decidido presentarse a las elecciones después de dos años descartando hacerlo.

Su partido, el PDeCAT, no dudó ni un instante en precipitar una reunión de su consejo nacional (6 de noviembre) para proclamar a Puigdemont como candidato de un nuevo artefacto electoral: Junts per Catalunya, una lista que debía disimular la raíz neoconvergente del proyecto tras el fracaso de la candidatura unitaria junto a ERC.

De la noche a la mañana, el PDeCAT tenía un relato épico que explicar a los catalanes: Puigdemont, «nuestro president», permanece en Bruselas para mantenerse a salvo de la represión española. Los estrategas del partido soberanista encargaron una campaña con aires cinematográficos, con carteles de colores degradados para realzar la imagen heroica del exiliado.

A esas alturas, los corresponsales en Bruselas no daban crédito al «desastre» organizativo de los asesores que rodeaban al ex president. No tardaron en comprobar que las convocatorias de prensa eran selectivas y que sólo sus afines estaban llamados a tener detalles sobre Puigdemont, convertido en turista, además de político. Su autoexilio en Bruselas fue recibido con críticas e incluso con sorna por parte de la prensa extranjera, la gran debilidad del ex president. Algunas de sus declaraciones («La Unión Europea es un club de países decadentes») acabaron de derrumbar la credibilidad de Puigdemont ante los medios internacionales.

Ninguna autoridad comunitaria ha querido recibirle a lo largo de este mes y medio.Pero la prioridad del candidato de Puigdemont ya no era ésa al inicio de la campaña, hace quince días. Con la tradicional enganchada de carteles, Puigdemont se convirtió en el primer videocandidato de la historia. Todos los días ha aparecido mediante este formato en los actos de Junts per Catalunya. Las encuestas detectaron un creciente magnetismo de Puigdemont, que comenzó a recortar distancias con ERC. Pero este rebote se estancó, según también las encuestas.

Hoy Puigdemont sigue siendo el ex president que aspira a su restitución. Aspira incluso a ser restituido sin ganar las elecciones, una circunstancia que no permitirá ERC. «Sería extraño no escuchar la voz de los catalanes estas elecciones», dijo, con elegancia, el ex conseller republicano Carles Mundó en el debate televisivo de laSexta.

Pero el ex president es, además de un político con aspiraciones, un hombre con graves problemas con la Justicia. Sus únicas comparecencias de prensa abiertas a toda la prensa en este mes y medio han sido precisamente para explicar detalles de su situación jurídica. Una, la primera, para descartar la solicitud de asilo –tenía muy pocas posibilidades de obtenerla– y otra, la segunda y última, para convertir en arma electoral que el Tribunal Supremo retirara la euroorden de detención dictada por la Audiencia Nacional.

A Puigdemont no le queda otra que agarrarse a los resultados de mañana para intentar aliviar sus problemas judiciales. Busca la victoria para obtener el billete de vuelta.

Marcos Pardeiro ( La Razón )

viñeta de Linda Galmor