Las canciones se convierten en himnos en tiempos de guerra cuando la gente sencilla las engrandece porque necesita identificarse con los hombres y las mujeres que son sus paisanos de heroicidades y desdichas.  

Esos himnos populares salen del corazón malherido de quienes mantienen viva su ilusión, que es una esperanza sin fundamento, pero más fuerte que la realidad del miedo, las bombas, los desplazados y los muertos.

En la historia de nuestras guerras contra el francés o entre nosotros contra nuestros propios hermanos, siempre ha habido canciones populares que pasados los años se han cantado al ritmo de un cuplé, y así ha sucedido en otros pagos cercanos como en nuestro hermano Portugal que dio el ejemplo histórico de derrotar sin balas y con claveles a su gobierno dictatorial al son de

Grândola, vila morena,

Terra da fraternidade

Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade

Hoy las guerras marchitan las flores y ahogan las voces de los cantautores que existen en Ucrania y solo tienen tiempo y compromiso para agarrar entre sus manos un arma sabiendo que su contribución a la paz perdida no está en la poesía de sus letras sino en la dignidad de sus héroes.

Los poetas son los relatores que a veces como Miguel Hernández tienen que coger un fusil, porque, aunque en la guerra no hay poesía posible, existen ejemplos de heroicidad o de maldad que inspiran, años después, a los herederos de los que ya no están.

Nunca como ahora es más fácil comprender el absurdo del odio y la esclavitud de los ciudadanos que se ven obligados a obedecer la orden de que les dan sus gobernantes de matar y morir, porque no es lo mismo luchar por defender a tu país que ir a la guerra para invadir otra nación contra la que no tienes nada.

En esos momentos los ciudadanos entre el miedo y la rabia, la incomprensión y la pena por los que quedan en el camino, sueñan con algo parecido a estos consejos utópicos de Joaquín Sabina.

Que el fin del mundo te pille bailando

Que no se ocupe de ti el desamparo
Que cada cena, sea tu última cena
Que ser valiente no salga tan caro
Que ser cobarde no valga la pena

Que gane el quiero, la guerra del puedo
Que los que esperan no cuenten las horas
Que los que matan se mueran de miedo

Que el fin del mundo te pille bailando
Que el escenario me tiña las canas
Que nunca sepas ni cómo ni cuándo
Ni ciento volando ni ayer ni mañana

A veces los locos que nos gobiernan juegan a ser Dios y deciden convertir en esclavos a los estúpidos ciudadanos que les votaron y no advirtieron a tiempo el error que cometían. Por eso esta guerra debería hacernos pensar sobre en manos de qué psicópatas ponemos nuestro destino.

Diego Armario