Una de las razones por las cuales escribo novelas medievales, seguramente la principal, es mi añoranza de algunos valores vigentes en ese tiempo, que nuestra época desprecia. Conceptos como el honor o el valor de la palabra, sagrados para las gentes que nos precedieron en este mundo, se hallan en vías de extinción, por no decir desaparecidos de la escena pública.

La traición, sinónimo de ignominia a ojos de nuestros antepasados, está hoy a la orden del día y se recompensa generosamente en política. Pero de todos los atributos venerados en el Medievo, esfumados acaso para siempre, el que más añoro yo es la valentía, que ha pasado de constituir un requisito indispensable para el reconocimiento social a considerarse un lastre inútil, cuando no un camino seguro hacia el fracaso.

Siempre hubo cobardes, la Historia nos brinda numerosos ejemplos, pero, así como durante siglos los dirigentes culpables de ceder al miedo fueron vilipendiados, estigmatizados, señalados por sus semejantes y condenados al ostracismo o, en su defecto, la murmuración desdeñosa, actualmente la cobardía no solo garantiza la supervivencia, sino que se premia con ascensos profesionales, encumbramiento, riqueza y éxito.

La cobardía ha pasado de ser un baldón a erigirse en cualidad indispensable para transitar con la cabeza alta por esta España débil, humillada, temerosa de sufrir represalias, uncida mansamente al yugo, que confunde la prudencia con pusilanimidad y el respeto con sumisión.

Nos gobierna un mentiroso compulsivo, llamado Pedro Sánchez, cuya desmesurada ambición es pareja al gigantesco daño que está causando su mandato a esta pobre nación desnortada. Un individuo sin palabra y sin honor, que ha faltado a todos sus compromisos, se ha echado en brazos de los independentistas y comparte el poder con Pablo Iglesias.

El mismo Iglesias que, según sus propias palabras, le exigía como condición ineludible para brindarle su apoyo «el control de los jueces, los fiscales, los espías, los policías y la Radio Televisión Española» (sic). El que, a decir del Sánchez candidato socialista, a la sazón mitinero en Sevilla, «antepondría la autodeterminación de Cataluña y el País Vasco a cualquier otro derecho».

Juntos, Sánchez e Iglesias, cada uno en su papel, han lanzado una ofensiva despiadada contra la Corona, con el empeño de quebrar esa columna vertebral del sistema constitucional que garantiza nuestras libertades. Juntos han desafiado las reglas democráticas de la Unión Europea con un proyecto de ley destinado a liquidar cualquier vestigio de independencia judicial.

Juntos están arruinando la economía española. ¿Y qué hacen para oponerse a esta deriva aterradora los llamados «poderes fácticos» con capacidad para actuar? Nada.

Los magnates de la gran empresa y las grandes finanzas están rendidos a los pies del César de La Moncloa, a quien rinden pleitesía sin molestarse en disimular. Las televisiones, influyentes representantes del «cuarto poder» llamado a ejercer de contrapeso, le lamen las botas, con alguna excepción honrosa.

La jerarquía de la Iglesia ni siquiera levanta la voz ante un proyecto de eutanasia que convertirá a los ancianos y enfermos terminales en algo semejante a los no nacidos: seres prescindibles abocados al matadero. Y en cuanto a la oposición…

Esta semana asistiremos al espectáculo de división bochornosa que nos brindará la moción de censura presentada por Abascal en el Congreso.

Un ejemplo más de la actitud suicida con la que los líderes de PP, Cs y Vox se enfrentan al Gobierno social-comunista, haciendo la guerra por su cuenta, mucho más atentos a sus respectivos intereses partidistas que a la tarea ineludible de construir juntos una alternativa capaz de salvar a España del desastre.

Isabel San Sebastián ( ABC )