QUE LES DEN MORCILLA

Anda Puigdemont mosqueado por el fusilamiento virtual que ha sufrido su efigie en Coripe. Anda el prófugo reclamando que rueden cabezas políticas por ese delito tan progre al que llaman con el nombre de un sentimiento: odio. Como si los sentimientos pudieran llevar a alguien a la cárcel, algo inaudito en la historia de la humanidad que reviste de superioridad moral a quien lo denuncia y lo castiga.

Y eso lo dice y lo sostiene quien ampara y estimula a los que queman retratos del Rey, o banderas que nos representan a todos. La coherencia no va con el personaje que se siente dañado por un rito que pertenece a la historia de esa España profunda que tanto odian -en este caso no es delito- los que se creen superiores a los demás.

El poeta Ángel González glosó a Heráclito en un poema irónico que sigue haciéndonos sonreír. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Excepto los muy pobres. Esa ironía depurada por la inteligencia lo lleva a comparar dos elementos tan distintos como la Historia y la morcilla.

Las dos están hechas con sangre. Las dos se repiten. En Coripe hacen una morcilla exquisita que ya no es el jamón de los pobres, sino un embutido con entidad propia que comen los unos y los otros. Y eso, y no los tiros de las escopetas, es lo que deberían haberle dado al prófugo -hay que insistir para que no se olvide- que quiso dar un golpe de Estado por lo progre, vulgo desconexión.

Este mester de progresía que domina la intelectualidad española es así. Se escandalizan por los disparos de juguete y mira para otro lado cuando los etarras que han dado tiros en la nuca reciben homenajes en sus pueblos. Si encima alguien se decide a escribirlo, como es el caso que nos ocupa en este artículo, entonces se le llama al orden por decir la verdad.

Y ya puestos a llamar, se le llama inductor al odio que tan mal les sienta cuando se proyecta sobre ellos, y que no ven -tienen problemas de visión política- si el odiado es un hetero, un taurino o un facha de toda la vida: para qué vamos a andarnos con rodeos. Ese delito que solo existe si el odiado pertenece a una minoría es una de las falacias legales más injustas y sonrojantes que sufrimos en esta España de la corrección política. Pero no se puede hacer nada para desterrarla, el pensamiento político actual es más débil que los argumentos de los independentistas, que ya es decir.

Sin embargo, Puigdemont se refugia en el burladero de un sueldo que le llueve del cielo, y de una impunidad que casa mal con ese estado de derecho del que se burla continuamente. Pues eso, que dejen de darle tiros a la efigie, y que le den morcilla. Pero que la pague de su bolsillo, a ver si se va a creer que aquí somos tontos…

Francisco Robles ( ABC )