QUE NO DECAIGA

Hay que reconocer que María Jesús Montero no da tanto miedo como José Luis Ábalos, negociador de conflictos diplomáticos y parlamentarios que tiene la costumbre de acompañar con lentos movimientos de cuello, cejas y mirada los silencios que siguen a sus ofertas, irrechazables y formuladas con una familiaridad propia de los Corleone, de la parte de Italia menos afectada por el coronavirus y las alarmas.

Cambia el tono, por no hablar del acento, pero permanece la oferta, como la cabeza de un caballo en la cama. Montero no es tan directa. Alarga las frases hasta quedarse sin aire y rebaja la intensidad de la amenaza al descomprimirla con su verborrea de pases largos y huecos, diluyendo el desafío.

El «caos» y el «desorden» de Ábalos son para la ministra de Hacienda simple «decaimiento», fenómeno administrativo que suena lo mismo que el cierre de una caseta de feria no celebrada. Que no decaiga. Eso, que no decaiga, responden a coro y entre palmas los millones de expedientados por la regulación temporal de empleo del Covid-19.

Si Ábalos no llegó a detallar el pasado lunes la gestación del caos, Montero se fue de la lengua y aclaró ayer que si se acaba el estado de alarma «de forma automática -dijo- decaen todos los beneficios en materia económica que estos instrumentos habían producido». Los beneficios son las prestaciones, la música de la caseta.

Como Ábalos, Montero sabe de sobra que al margen del estado de alarma hay fórmulas para prorrogar las ayudas a los afectados por los ERTE. La izquierda domina desde hace décadas la técnica del subsidio, en A o en B, y en esta ocasión no va a fallar a los millones de empleados a los que ha dejado sin trabajo, sobre todo porque ahora pretende vivir de ellos, de esa «desesperación de la gente» a la que se refirió Yolanda Díaz tras celebrar el éxito de su campaña de protección social, que es como ahora llama la nueva Sección Femenina a la antigua beneficencia.

Dijo ayer Pedro Sánchez en el Senado, en defensa de sus plenos poderes, que «el confinamiento funciona».

Debe de ser lo único que, a costa de lo demás, funciona en España, además de la discrecionalidad con que la titular de Hacienda reparte fondos entre las comunidades autónomas -un «atraco», según la Junta de Andalucía de la que decayó la misma Montero- y la metodología negociadora, propia de los secuestros, con millones de rehenes, que el Gobierno aplica para generar un síndrome de Estocolmo, viral y masivo, que no lo curan ni los psicólogos que salen en las teles cuando acaba el programa semanal de Sánchez.

Jesús Lillo ( ABC )