¿ QUÉ QUIERE SÁNCHEZ ?

Hay un diagnóstico comúnmente aceptado según el cual Pedro Sánchez es un prestidigitador de la política capaz de alterar el ánimo de cualquiera que intente interpretar sus estrategias sin otra lógica que la supervivencia en el poder.

Su única certeza es la volatilidad, y su gran mérito, sobreponerse a la dependencia de terceros. Sin embargo, ese estado de ansiedad dependiente que exhibe en cada comparecencia parlamentaria, con negociaciones de madrugada en busca de escaños suficientes para evitar derrotas humillantes, tiende a convertirse ya en una extraña alianza entre desconfiados y desleales, sin más objetivo que el de sostenerse unos a otros para que el andamiaje del «progresismo» no se derrumbe.

En este punto de réplica política y económica a la pandemia deliberadamente crispado, Sánchez ya no se fía de nadie, y nadie se fía de Sánchez. Por eso pervive en un equilibrio inestable constante, y por eso se maneja entre volantazos bruscos para salvar votaciones.

 Cuando peligra cualquier plan, la improvisación —adaptación, lo llama el PSOE— se impone. Si hay crisis con Podemos, primero se niega y después se filtra que la coalición está «blindada».

Si ERC chantajea, se vira hacia Ciudadanos antes de que la ambivalencia lo convierta en un partido aún más residual. Si hay que negociar con Bildu y ningunear a Ciudadanos, se hace sin complejos. Y si el PNV tuerce el gesto, se le diseña un estado de alarma a la medida.

Todo, orientado al arrinconamiento del PP en su pugna con Vox, porque la fractura de la derecha siempre será el pasaporte que le permita gobernar.

¿Qué quiere Sánchez? Tras la pantomima de ofrecer unos nuevos «Pactos de La Moncloa» que le sirviesen como escudo frente a los errores cometidos en la gestión de la pandemia, ahora vuelve a insinuar que España necesita unos Presupuestos Generales «transversales», y no vetados por el PP, como único modo de recibir un aval pacífico de Europa para sobreponerse al marasmo. ¿Sánchez, el magnate del «no es no», el rey de los «vetos cruzados», propone ahora una «gran coalición» virtual? No. Solo pretende que cualquier partido se someta a sus 120 escaños con la coartada de la «responsabilidad» y el «patriotismo».

Hoy, su marcada desconfianza hacia Iglesias le impide dilucidar si Podemos pretende dinamitar el Gobierno desde dentro o ser un sumiso gestor del rescate al que España parece condenada. Iglesias tendrá que afrontar su disyuntiva cuando llegue el momento, del mismo modo que sectores del PSOE tendrán que decidir en qué instante entrarán en ebullición contra las excentricidades de Sánchez una vez que Felipe González ha dado ya el primer paso, en contraste con Rodríguez Zapatero.

¿Qué quiere Sánchez? De momento, buscar en todas direcciones una tabla de salvación que le permita convencer a la izquierda de que necesitará unos Presupuestos Generales de derechas.

Algo idéntico, pero a la inversa, de lo que hizo Rajoy, que se vio forzado a imponer una política fiscal de izquierdas y tratar inútilmente de que la derecha lo entendiese. El resultado fue catastrófico para el PP.

Por eso Sánchez resulta inquietante. Porque, salvo fingimiento o trampa, no resulta creíble que reclame ayuda a Pablo Casado para sobrevivir en La Moncloa, al mismo tiempo que diseña en Ferraz mociones de censura para arrebatar Madrid junto a Ciudadanos.

¿Qué quiere Sánchez? Gobernar. Lo novedoso es que empieza a no saber cómo.

Manuel Marín ( ABC )