¿ QUÉ SÁNCHEZ ?

Hay distintas formas de pasar a la historia. Una es conquistar un imperio a los veinticinco después de haber tenido a Aristóteles de profe, con provecho relativo. En el extremo contrario al del Magno está Mark Chapman, el asesino de John Lennon, que de un disparo saltó a los libros. Pam, listos. Ya tenemos un parámetro: lo difícil de la gesta, invento o crimen.

Otro parámetro relevante es lo benéfico o perjudicial que has resultado al mundo para ver tu nombre (re)conocido. Tenemos en un extremo a Cristo y en el otro a Mao, Stalin, Hitler, o Lenin, que sigue siendo muy celebrado por un par de partidos del Gobierno de España.

Dadas las coordenadas, ¿dónde ubicar a Sánchez? No se trata de morbo, es que dicha persona nos preside, y hay que entender el accidente. Corriendo el tiempo, no creo que como jefe del Ejecutivo se le vaya a recordar más que a Chapaprieta, por ejemplo, que no alcanzó los tres meses en el puesto.

Y eso que don Joaquín, siendo abogado, sabía bastante más de Economía que nuestro plagiario doctor. El pobre se llevaba las manos a la cabeza cuando Azaña peroraba sobre acciones y capitales.

Como fuere, Sánchez ambicionaba una corona de laurel. A cualquier precio. Para calzársela, se dejó aupar por ERC, partido suscrito al golpe de Estado, e incluso por el brazo político de la ETA, que en el mejor de los casos es un brazo sin cuerpo, suelto, a su aire.

El precio de la laureola fue desdecirse de cuanto el ambicioso había afirmado hasta entonces sobre ellos. Y sobre todo. O sea, baratísimo, porque para sentir vergüenza o remordimientos necesitas un aparato emocional normal. Tomen el adjetivo en su acepción estadística.

Vivimos uno de esos momentos históricos en que la absoluta falta de empatía tiene premio. Momentos peligrosos, vive Dios, que suelen coincidir con un extendido deseo de guerra. El fenómeno se ha estudiado con profusión para los prolegómenos de 1914. En Tiempos modernos, de Paul Johnson, viene masticadito.

Sin una amplia capa social que celebre las incoherencias favorables a su causa, Sánchez se dedicaría ahora mismo a otra cosa. No se me ocurre cuál, pero otra. Sin grandes sectores de la clerecía universitaria, editorial y mediática dispuestos a colocarse unas orejeras y a exigir para el disidente bozal -la verdadera mascarilla socialista- no habría gobierno socialcomunista. Nada nuevo bajo el sol; de la traición de los clérigos (los intelectuales, por así decir), ya avisó Julien Benda en los felices años veinte.

Luego los lustros corren y los clercs se olvidan, se travisten, se borran. Han malogrado nuestro tiempo, y nuestro tiempo se venga dándole a un rey de la telebasura más influencia que a todos ellos juntos.

Y en algún punto de la nube de personajes históricos se recordará, pequeñito y a lápiz, para los especialistas, al hombre sin intelecto ni emociones. Como una curiosidad, ya que el tiempo lo cura todo.

Ah, sí, Sánchez, fíjate…

Juan Carlos Girauta (ABC )