QUÉ TRISTE ABORRECERTE A TI MISMO

Vivimos una inmensa crisis moral que está desarticulando nuestra sociedad y al mismo tiempo quienes desencajan las cuadernas de esta nave global parecen no percibir lo triste que tiene que ser aborrecerte a ti mismo.

Porque, aunque no quieran reconocerlo, a lo largo del último medio siglo la izquierda ha creado una nueva religión laica empeñada en inculcarte el aborrecimiento a lo que eres como miembro de una cultura -no digamos ya como heredero de unos valores familiares o religiosos porque eso se ha convertido en anatema.

En las últimas semanas hemos visto un ejemplo muy destacado en cómo la denuncia del racismo pasa por inculcar a los blancos (con perdón) que tienen que odiar a los blancos. Y eso pasa por derribar estatuas de personalidades que nada tuvieron nunca que ver con el racismo, antes al contrario, lo combatieron.

Pero fueron blancos. O con acabar con sus carreras si todavía están vivos. Esta semana hemos tenido un buen ejemplo del apóstol de ese progresismo, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, premio Príncipe de Asturias de la misma materia y predicador dominical en el diario «El País».

Su objetivo ha sido un economista de la Universidad de Chicago, Harald Uhlig, director del «Journal of Political Economy». A Uhlig se le ocurrió tuitear que el movimiento «Black Lives Matter» había perdido la razón por promover la idea de retirar los fondos con los que se financia la Policía.

Ahí saltó Krugman a decir que Uhlig es «un hombre blanco privilegiado» (no puede haber nada peor) y por ello dudaba de su objetividad para dirigir el Journal. Uhlig fue suspendido de su cargo, pero las acusaciones de Krugman fueron rechazadas tras una investigación.

Mas esta progresía va mucho más allá. Está incitando a los niños en los colegios a odiar a su propio sexo y a las niñas a odiar su feminidad, lo que sólo puede tener el resultado perfectamente imaginable. Los niños con los niños y las niñas con las niñas.

Lo que esa progresía odia en la infancia, pero promueve apasionadamente en la edad adulta. Se trata de educar a los niños desde la más tierna infancia a que cuestionen su sexualidad. Yo jamás denunciaría que alguien sea homosexual. Lo respeto absolutamente. Pero sí lo criticaré si se intenta inculcar a menores.

Otro paso no menos dañino de la progresía es el esfuerzo por hacer que los patriotas se avergüencen de su país. España es un ejemplo muy destacado en esta materia. Durante años se ha denunciado el uso de la bandera nacional. Llevar esos colores en cualquier forma implicaba aceptar el epíteto de «facha».

La izquierda se negaba a enarbolar la bandera en sus actos partidistas. Sólo cuando las cosas empezaron a irle mal a Rodríguez Zapatero se le ocurrió recuperar la enseña nacional. Pero no inculcó esa lección a su alumno aventajado, Pedro Sánchez. En esta hora, esta izquierda está rindiendo su patria a quienes quieren destruirla porque les necesitan para poder seguir en la comodidad del poder.

Hace cien años, el comunismo del que mamaron Pablo Iglesias y Enrique Santiago defendía la integridad nacional muy por encima de su internacionalismo teórico. Hoy ya ni eso. Por un plato de garbanzos.

Y este enunciado necesariamente ha de concluir con el odio del progresismo a lo que representa Occidente. Nuestra historia. El mejor ejemplo de la grandeza de Occidente lo encarnó Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océana. Él llevó el progreso y la cultura a América. Jamás comerció con esclavos, representó una página luminosa de nuestra historia.

Por eso derriban sus estatuas. Porque se aborrecen a sí mismos.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )