Querido presidente y amigo

Como sabes, he sido aficionado desde siempre al género epistolar. En uno de los libros que accediste a prologarme, Todos los cielos conducen a España. Cartas desde un avión, doy buena cuenta de mi preferencia por las epístolas. Sin embargo, la carta que ahora empiezo es una de las más arduas que he escrito en mi vida. Porque va dirigida a un amigo que, además, ha sido mi presidente durante muchos años y, también, porque la escribo en carretera en horas muy difíciles para mí en las que el corazón se impone a la razón.

En esto momentos se amontonan los recuerdos: Bruselas, Washington, Nueva York, Roma… y también aquellas navegadas en Baleares, en un barco de apenas nueve metros y con una fabada Litoral como plato estrella. Primero solos, y luego con nuestras parejas, Maribel y Viri. Atardeceres en los que hablábamos de todo lo divino y lo humano, pero en los que siembre acabábamos hablando de España.

Después vinieron tiempos complicados. El primero fue cuando en el año 2004 perdimos unas elecciones que creíamos ganadas. Recuerdo como si fuera ayer, la noche del sábado antes de las elecciones, en la que unos cuantos -muy pocos- nos congregamos, como los cristianos en las catacumbas, en tu despacho de Génova, mientras debajo de tu ventana grupos de gente nos increpaban con auténtica saña. Recuerdo también como en esos momentos tus pensamientos estaban con las víctimas de la tragedia más allá de tu propia suerte electoral. Recuerdo también las vísperas del Congreso de Valencia. Miguel Arias, Ana Pastor y algún otro que pasaba por allí redactando o corrigiendo enmiendas para intentar esquivar las balas que venían por babor y por estribor.

Esta vez el escenario ha sido el Parlamento, pero el desenlace ha sido una vez más completamente imprevisto, triste. Una coalición de voluntarios de toda clase y condición, solo unidos por el propósito de desalojarte del Gobierno. Siempre he creído-y sigo creyendo- que has sido un gran presidente, aunque te ha tocado navegar en aguas muy revueltas y con vientos muy recios. Muchas veces te he dicho que ningún mar en calma hizo experto a un marinero; y a fe mía pocas horas de calma has tenido en esta última singladura tuya.

La España que recibiste estaba al borde de la bancarrota y eran muy pocos los que nos creían capaces de mantener a flote un barco a la deriva y haciendo aguas por todas partes. Mantuviste el timón con serenidad y supiste transmitirnos a todos los que en aquel momento te acompañábamos, que éramos más que capaces de capear el temporal y dejar, sana y salva, a la tripulación en puerto seguro. Los últimos datos económicos, por ceñirme a lo más inmediato prueban que pudimos y supimos mantener el rumbo. No gritamos “sí se puede” porque no está en tu estilo alardear de los triunfos conseguidos, pero no hay nadie que no sepa que los españoles viven hoy mejor que entonces. En poco tiempo se reconocerá tu labor.

Pero la crisis no solo deterioró a la economía nacional y amenazó el bienestar de todos los españoles. También impactó de forma muy severa en nuestros hábitos políticos y puso en riesgo el Estado de bienestar que con tantísimo esfuerzo habíamos construido. El mapa político cambió radicalmente al emerger nuevos partidos que dinamitaron el tradicional binomio de poder que se bailaba en un tango a dos. Nada fue igual a partir de entonces: el Parlamento se fragmentó, los populismos levantaron cabeza como siempre ha ocurrido en las grandes recesiones económicas y en la ciudadanía empezó a crecer la convicción de que, por primera vez en la historia, nuestros hijos iban a vivir peor que nosotros. El “déficit de futuro” que bautizó Jean-Claude Juncker.

Además la crisis económica alentó las fuerzas separatistas en Cataluña que hasta entonces parecían estar bajo control. El nacionalismo repudió el autonomismo y se embarcó con armas y bagaje en una aventura secesionista que amenazaba con dinamitar la Nación más antigua de Occidente. Mas, Junqueras, Puigdemont y ahora Torra han hecho todos y cada uno de ellos mejor a su predecesor. También con esto tuviste que lidiar. Por si esto fuera poco, no es ocioso recordar que también tuviste que enfrentarte a la primera abdicación de un Rey que hemos conocido en nuestra historia; excepción hecha de la protagonizada por Amadeo de Saboya.

En el terreno internacional, que es el que mejor conozco, te tocó recuperar la confianza de los Estados Unidos que habíamos perdido como consecuencia de nuestra retirada de Irak; recuperar la confianza de nuestros socios europeos yredefinir unas Cumbres Iberoamericanas que se nos morían en las manos. Y, además, tuvimos que recuperar la confianza de Rabat, nuestra primera prioridad diplomática, en la que todavía estaba muy presenta el recuerdo de Perejil. Recuerdo como si fuera ayer el momento en que me llamaste y te pude decir que ya éramos miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, batiendo a una Turquía que nos barrió en Buenos Aires en la pelea por los Juegos Olímpicos. Con todo eso también tuviste que lidiar. Hoy la Marca España está mucho más arriba que cuando nosotros llegamos.

Pero no quiero seguir hablando de política. Aunque te sonroje, prefiero hablar de ti. Siempre supiste que no soy de los que se callan y que cuando llego a una conclusión la defiendo con vehemencia y un punto de terquedad. Lo sabías cuando me encomendaste la cartera de Exteriores, lo sufriste en el tiempo que estuve en Santa Cruz y no has logrado esquivarlo cuando salí del Gobierno. En tu honor diré que siempre me he sentido libre de defender mis opiniones y que me permitiste hacerlo. No tengo que recordarte que no siempre hemos coincidido, pero es verdad que siempre me has escuchado. Y créeme que no es frecuente que el César escuche a sus generales cuando sus opiniones no coinciden con las suyas. Es prueba de paciencia, humildad y sabiduría. Siempre hay quien ha querido beatificarte en vida argumentando que beatos post mortem hay muchos.

En todos estos años, los que nos hemos sentado en la mesa del Consejo de Ministros hemos discrepado en muchísimas ocasiones, pero siempre hemos coincidido en aceptar tu veredicto final. Y eso es la mayor prueba de respeto intelectual y ético que se puede mostrar por un presidente del Gobierno. Porque tu Consejo de Ministros era más difícil de gestionar que el vestuario del Real Madrid.

Y quiero terminar subrayando que pese algunas diferencias puntuales hay algo que nos une especialmente: la pasión por España. Lo decía el general de Gaulle: “Siempre he tenido una idea muy clara de Francia, me la dictan tanto la razón como el sentimiento”.

Esa idea de España, de la España constitucional, de la España tolerante, de la España abierta al mundo, es la que has sabido transmitir a todos los que te hemos rodeado. Quédate tranquilo: la España que entregas a tu sucesor es mucho mejor que la España que tu cogiste y, conociéndote, estoy seguro que nada te gustaría más que el nuevo presidente entregase a su nuevo sucesor una España todavía mejor. Como le dijo Don Juan a su hijo el día que le cedió sus derechos dinásticos: “Por España, todo por España”.

Recibe un fuerte abrazo, mi cariño y lealtad personal.

José Manuel García-Margallo y Marfil es diputado del PP y ex ministro de Asuntos Exteriores.

El Mundo