Hay que acumular mucha bilis ideológica en la mente para escupir el chorro de odio que cayó sobre Alsasua el sábado. Semejante vomitona solo puede proceder de quien ha sido amamantado con ponzoña de serpiente en casa, en la escuela, en la parroquia y en la taberna, hasta ser convencido de que pegar un tiro en la nuca a un uniformado o poner una bomba lapa en el coche de un concejal constituye una gesta heroica en la lucha del pueblo vasco. Si no empuñan las armas es sencillamente porque no se atreven, pero justifican todos y cada uno de los asesinatos de ETA.

Los celebran. A sus ojos, la Guardia Civil es el enemigo que se enfrentó con éxito a la organización que ellos no perciben como criminal, sino como valiente vanguardia de un «movimiento de liberación». Por eso detestan a la Benemérita tanto como la temen.

La Guardia Civil es la «mala» de un relato tergiversado en el que los asesinos desempeñan el papel de «buenos». Eso es lo que les han enseñado y con arreglo a ese adoctrinamiento participan en ese infame «día del adiós» dedicado a humillar con total impunidad al Cuerpo, condenado a soportar las burlas atado de pies y manos. La conducta de esa chusma resulta tan repugnante como fácil de entender.

Mucho más incomprensible y de infinita mayor gravedad es el cúmulo de complicidades que han hecho posible la perpetración de este desafuero.

Lo ocurrido en la pequeña localidad navarra es fruto de una indignidad compartida. La de los organizadores, desde luego, pero más aún la de cuantas autoridades estaban obligadas a impedir semejante exhibición obscena, empezando por el alcalde, representante de Geroa Bai (marca local del PNV), cuya bajeza ha llegado al extremo de equiparar esa siniestra parada a una concentración en memoria de las víctimas.

Si ascendemos a partir de él en la pirámide del poder, no hay un responsable público que escape a la ignominia de lavarse ostensiblemente las manos. Únicamente la oposición ha repudiado esta afrenta a quienes se dejaron más de cuatrocientas vidas en el combate contra el terrorismo. En las filas de la izquierda y en las del separatismo la reacción ha oscilado entre la complicidad y el silencio.

Imaginemos que, en lugar de dirigirse contra la Guardia Civil, los disfraces destinados a ridiculizar a sus miembros, la cartelería insultante, los ladridos y demás parafernalia empleada en el aquelarre hubiese puesto en la diana, por ejemplo, al colectivo gay.

¿Lo habría consentido el ministro del Interior, Marlaska, responsable de los casi cien mil agentes que integran la Institución? Supongamos que las señaladas hubiesen sido las mujeres. ¿Algún miembro del gobierno autonómico o central habría permanecido al margen?

¿Qué no habríamos oído decir a Irene Montero, muda ante esta agresión acaso porque comparta la admiración por la banda que en su día expresó públicamente su pareja? ¿Y hasta dónde habría llegado la voz de la presidenta Chivite, a quien los organizadores de esta farsa regalaron la poltrona que hoy deshonra callando?

En cuanto a la Justicia, no ya ciega sino sorda ante el clamor de los acosados, cuesta creer que sea cierto tal ejercicio de ingratitud preñada de cobardía.

¿Habrían tolerado jueces y fiscales de la Audiencia Nacional que inmigrantes, gentes de color o cualquier otro chivo expiatorio habitual en las sociedades enfermas fueran tratados en Alsasua como lo han sido los guardias civiles a quienes deben la protección que reciben? Lo dudo. Tratándose de la Benemérita, en cambio, miran hacia otro lado.

¿No les dará vergüenza?

Isabel San Sebastián ( ABC )