QUIM Y CARLES ESCOBAR GAVIRIA

Torra apelará mañana sin piedad a las pasiones más bajas de su público, para quien independencia no es una opinión, ni una idea, ni un sueño, ni siquiera una utopía, sino una forma de vida.

La independencia se ha vuelto en Cataluña una droga, entre el éxtasis y el crack. Mucho viaje y a toda velocidad, Convergència, con Quim Torra y Puigdemont a la cabeza, son los primos Pablo y Gustavo Escobar Gaviria.

Los independentistas están tan entusiasmados con el viaje que no quieren ni oír hablar de efectos secundarios y compran toda la droga que encuentran, y cuando se les acaba el dinero, piden un préstamo. No les importa la realidad, ni la derrota, ni que sus propios líderes les estén engañando y se aprovechen de su ingenuidad para continuar enriqueciéndose regentando la autonomía.

Esquerra conoce las graves consecuencias que para la salud tiene lo que Torra y Puigdemont venden, pero no se atreve a decir la verdad, por el miedo que muchas madres tienen de que sus hijos dejen de quererlas si no les dan dinero, y se lo dan aunque saben que lo gastarán en las drogas que van a matarles.

Mañana escucharemos un discurso de fuegos artificiales, muy en la línea de la promesa de Puigdemont de que volvería a España si podía ser investido presidente, aunque tuviera que ir a la cárcel. Torra continuará oficiando de «dealer» del «procés», vendiendo su crack emocional adulterado, sin promesas concretas y con palabras untadas de una épica retórica que sólo puede ser tomada en broma cuando viene de quien promete «no acatar» sentencias judiciales y mantiene encerrados a los líderes independentistas presos, con la llave de sus celdas bien guardada en su bolsillo.

Para disimular su fraude, el presidente de la Generalitat apelará sin piedad a las pasiones más bajas de su público, para quien independencia no es una opinión, ni una idea, ni un sueño, ni siquiera una utopía, sino una forma de vida. Y por ello, aunque podría parecer que pronto van a quedarse sin promesas vacías que incumplir, Torra y Puigdemont no dejarán de insistir en su trapicheo porque saben que la turba ciega está dispuesta a creerse cualquier cosa con la única condición de que nadie les despierte de su éxtasis republicano.

El líder de ERC sabía que la independencia no estaba preparada, que las llamadas estructuras de Estado no existían, y aún así saltó al abismo dejándose llevar, no tanto por Puigdemont, como por el pavor a que le llamaran gallina. Sí, Junqueras quiere dejarlo, pero padece tal un síndrome de Estocolmo respecto de sus dealers Puigdemont y Torra, y del mundo convergente en general, que le acaban siempre arrebatando el trono cuando más cerca se cree de ganar.

En 2014 le engañaron con la consulta del 9 de noviembre, que Mas vació de contenido político; en 2015 se dejó marcar el gol por la escuadra de aquella candidatura unitaria que se llamó Junts per Catalunya y que sólo sirvió para que Convergència continuara en el poder. El año pasado sabía que declarar la independencia era un suicidio, y por no quedar como «el que no se atrevió» está en el cárcel, mientras que quien le tomó el pelo es el héroe de la causa y puede viajar prácticamente por todo el mundo libre.

Junqueras quiere dejarlo, pero nunca ha dejado de comprar la droga, y cuando la policía le cachea, le encuentra la merca entera. Entonces él cree que se salvará diciendo que es «un hombre de paz», pero evidentemente hay una celda con su nombre.

Ayer, en una carta desde la cárcel, reclamó a los independentistas que no insultaran a los constitucionalistas y estableció una bella parábola sobre la amistad entre personas que no piensan lo mismo. Con machete y taparrabos, la masa independentista le asaltó en las redes sociales «Traidor» fue lo más reproducible que le llamaron, y hasta llegaron a reclamar que la eventual república catalana le organizara un juicio como el de Nüremberg para condenarlo por colaboracionista.

Los «dealers» continúan forrándose con su sustancia cada vez más adulterada, Junqueras no se atreve a decir lo que sabe y se recrea en su nostalgia desde la cárcel. Y en el independentismo quedan cada vez menos cerebros limpios.

Salvador Sostres ( ABC )