QUINCE AÑOS DESPUÉS

Pasaron ya quince años de aquel once de marzo. Y todavía no existe un relato: reconstruir los hechos es hoy barajar las piezas de un puzle en el cual nada encaja. ¿Qué pasó el 11 de marzo de 2004? ¿Qué pasó en los meses que, desde Perejil, lo prepararon? ¿Y qué pasó el 3 de abril, cuando, sabiamente reagrupados en un piso vigilado de Leganés, los que sabían algo volaron por los aires? Lo que iba a venir lo conocemos: se cerró un ciclo de la historia de España, el que se había abierto en 1978.

Me desasosiega vivir con esta certeza de que moriré sin tener la menor idea de cómo se tejió el asesinato de doscientos de mis conciudadanos. Y de saber que eso puso fin al mundo de convenciones políticas en el que hasta entonces vivimos.

Pero me he hecho ya a la paciencia de coexistir con tal desasosiego. Han pasado quince años. Yo sería muy tonto o muy ingenuo si albergase todavía la esperanza de conocer algo. Escribía Naudé, en el siglo XVII, que «entre niebla y tiniebla» se ejerce sólo el poder.

Podemos, eso sí, analizar el luego. Fijar, ya que no sus causas, su secuencia temporal. Dos días después del oscuro crimen, nacía el populismo en España. Bajo la forma de asalto a la sede madrileña del PP, primero. Después, en el abracadabrante trastrueque de una manifestación contra los asesinos en manifestación contra los asesinados.

En la sesera de quienes responsabilizaban del crimen a Aznar y exaltaban a los yihadistas como justicieros que vengaban la agresión imperialista española, latía ya ese masoquismo primordial que germinaría en años inmediatos: si España es tan odiosa, mejor acabar con ella.

Ponía en marcha, más aún, la voladura interna de un partido que, desde su reinvención en 1974, fue una estable amalgama de socialdemocracia centroeuropea y paternalismo sindical franquista. Zapatero abría la fase agónica de una organización que había perdido discurso y estrategia. Y que sólo podía ya ser vista como puente hacia el nuevo plebeyismo que los asaltadores de sedes del PP enarbolaban.

Quince años después, las siglas PSOE perviven. Hueras como una nuez podrida. Sánchez no es ya un político socialista: ni radical ni socialdemócrata. Sánchez es una marca que se publicita en el mercado. A través de cualquier contenido. Con la coleta que mece «el hombre» Iglesias como enjundioso contraste: «Esto tendréis si no me votáis».

Con un PP que difícilmente se recuperará de la triste imagen de Rajoy y Soraya. Con Ciudadanos en el desconcierto. Con Vox, enigmático regalo de la ley D’Hondt a Sánchez. Y con el independentismo a la ofensiva. Tiempos malos. Quince años.

Gabríel Albiac ( ABC )