Parecía imposible que en la maltratada América latina alguien pudiera superar la baja calidad política, cultural y democrática de Díaz Canel, Maduro, Ortega, Bolsonaro o López Obrador, pero la historia a veces es demasiado cruel con los pueblos y se permite el capricho de elevar la apuesta del despropósito hasta hacer que alguien como Pedro Castillo llegue a ser el Presidente del Perú, porque por muy grande que sea el sombrero con el que se tapa la cabeza  es imposible que oculte  la incapacidad e ignorancia que le adornan.

Me apresuro a pedirle a mis amigos latinoamericanos que no se ofendan ni se me alteren con un subidón de patriotismo Prêt-à-porter, porque lo que sucede en esos y otros países de la zona es algo muy parecido a lo que está pasando en otros lugares del mundo donde la calidad de los dirigentes se corresponde con la epidemia de ignorancia, estupidez y falta de compromiso de sus ciudadanos.

Dicho en otros términos, la política hace años que empezó a ser el refugio de los oportunistas sin principios que han descubierto que en toda sociedad hay un segmento numeroso de hombres y mujeres sin formación, ni conciencia cívica, fácilmente manipulables, a los que se les promete un paraíso que nunca llega mientras esos dirigentes se hacen millonarios.

Esa sociedad mediocre e inculta, que se conforma con que el gobierno les seduzca con migajas hechas de palabras huecas, o derechos de identidades a la carta, subvenciones en vez de puestos de trabajos o rebaja de las exigencias académicas, es la que necesitan los políticos de hoy que no representan a la gente trabajadora, estudiosa, emprendedora, culta, digna, comprometida y leal con la Constitución.  

Hoy publica la prensa un informe de The Economist  según el cual España pasa de ser considerada una democracia plena a una democracia deficiente,  y aunque ese indicador no le quita el sueño al presidente del gobierno, es una señal más de que nuestros modos democráticos se han deteriorado en trasparencia, respeto a la división de poderes y neutralidad institucional en los procesos electorales..

Es cierto que no tenemos a un Pedro Castillo en nuestro país, pero tampoco somos un ejemplo para nadie, porque el nuevo mundo en el que vivimos está en manos de una clase nada ilustrada y escasamente comprometida con la calidad de la democracia.

Diego Armario