Muy recientemente salieron a la luz pública los nuevos términos incorporados al diccionario por la Real Academia Española, vulgarmente conocida como RAE. Perdonará el lector que no los reproduzcamos y, si ya los conoce, aunque sea de oídas, agradecerá que le ahorremos el tormento de leerlos.

La actualización anual del Diccionario es ya como Eurovisión o los premios Goya; un espectáculo aberrante alimentado por el morbo enfermizo que aún despiertan sus excentricidades entre los mentecatos. A este paso, para el año que viene el diccionario de la Academia se presentará en el cabaret Moulin Rouge en una gala conducida por el chiquilicuatre.

En cualquier caso, y ahora más en serio, resulta curioso el empeño por fijar tales palabros al papel del diccionario cuando sus potenciales usuarios tienen la lectura por castigo. De hecho, la mayoría están tomados del habla hablada por criaturas que no saben hablar; esto es, de las redes sociales.

Y es que hace tiempo que la Academia se dedica a husmear en el lenguaje pobre y chabacano de las redes, atrapando los modismos como si fueran polillas. Polillas peludas y ruidosas, de esas que revolotean atontadas atraídas por las luces, en este caso de los móviles.

Es difícil recordar cuándo la Real Academia Española decidió abandonar su antigua función y prestigio para convertir a sus miembros en recogedores de basura y al DRAE en su contenedor. Y suponemos que es inútil pretender que, llegados a este punto de degradación, la institución escuche a los españoles que, abochornados por su deriva, rogamos su regreso a la senda de la cordura. No vamos a entrar en dónde quedó aquel lema que antaño presidía la Academia: “limpia, fija y da esplendor”, pero que ya no la rige es un hecho.

Lo cierto es que muchos españoles a los que nos cuesta entender tal despropósito tenemos curiosidad por saber cuál puede ser la razón última impulsora de unos actos que, se miren por donde se miren, no tienen justificación. Cualquiera diría que se deben a un acto suicida deliberado, o bien son fruto de una misteriosa afección compartida por los académicos.

Aunque es probable que haya algo más. Desde luego, no dudamos de que existe una causa y que debe de ser muy seria para que sus ilustrísimas dilapiden así su crédito año tras año, como si todo su empeño consistiese en tirar por los suelos su propia imagen y la de la institución que representan. Y es indiscutible que la destrozan hozando en los ambientes en que se maltrata nuestro idioma.

Quizás sea preciso recordar que la Academia de la Lengua fue fundada en 1713 con el propósito de “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza” para percatarnos de que ya no quedan ni las raspas de aquel propósito.

Llegados a este punto podríamos conjeturar en qué tugurios infectos las gentes se comunican con determinados vocablos recién registrados, o qué seres degenerados efectivamente los emplean. Pero, más allá de cuán instructivo o divertido pueda resultar el rastreo del submundo y sus moradores, cabría preguntarse si no sería más útil para la sociedad que una institución como la RAE “educase” en el uso correcto del idioma, en vez de dedicarse a avalar desafueros lingüísticos con tanta celeridad.

Porque también es muy llamativo el interés por incorporar tantos nuevos vocablos, claramente perceptible en la prisa y hasta urgencia con que se hace. Sobre todo, teniendo en cuenta, como ya se ha dicho, que su peso es más que cuestionable y su presencia en la literatura es marginal o nula.

En el mismo sentido, llama la atención que ninguna de las palabras admitidas proceda del feliz hallazgo de algún literato. Las hay introducidas por falsos doctores; procedentes de la jerga informática y de las cloacas de la corrección política, pero no las hay, en cambio, tomadas del mundo de las letras. Tampoco es que eso sea una garantía de nada, teniendo en cuenta a dónde ha ido a parar el nivel de nuestra literatura, pero no deja de resultar chocante.

Tal vez, en el afán por recoger palabras del habla popular –o no popular, pero en cualquier caso, del lenguaje no escrito–, se les ha pasado mirar en los libros. Por ejemplo, resulta curioso que la palabra “globalitario” –referida a la persona, ente o doctrina que promueve, defiende o justifica un régimen globalista de carácter totalitario– no figure entre las elegidas, cuando su utilidad, aplicación y oportunidad son difícilmente cuestionables.

Igualmente, aunque en sentido contrario, llama la atención que no se haya registrado todavía el exquisito, prodigioso, luminoso, extraordinario y sin par invento “matria”, acuñado en un arrebato de genialidad por ese pozo inagotable de sabiduría que es nuestra ministra Yoli.

Y casi resulta escandaloso que a estas alturas no se les haya otorgado ni a ella, ni a Irene, ni a la mentora de ambas, doña Carmen Calvo, alguna distinción, insignia, medalla, condecoración o trofeo por su meritoria labor como “lingüistas” y creadoras de lenguaje. ¡Pero qué digo! ¿¡Cómo es que a estas señoras aún no se las ha asignado un sillón a cada una en la Real Academia!?

Debe de faltar poco, aunque visto lo visto, lo mismo da. Tampoco se iba a notar gran cambio.

Filípides ( El Correo de España )