Sánchez no necesita salvoconducto para irse de Madrid, lo lleva puesto. Aunque reside en la capital, sigue empadronado en Pozuelo, donde vota, y no hay alarma ni confinamiento de la correspondiente zona sanitaria. Hay una parte de la población de Madrid con permiso, por ejemplo, para cruzar la raya con Portugal sin que la policía abra las maletas buscando impedimenta para tres días.

La otra tarde, en las salidas de la capital, la ropa interior limpia era sospechosa, camino de ninguna parte. El decreto anti-Ayuso lo aprobó con el mando a distancia para seguir con la presión en Madrid. Todavía no ha terminado la tarea. Ahora afirma, solemne y grave, que «no podemos mirar hacia otro lado», aunque para el caso de Navarra, donde gobierna el PSOE con la marca blanca del PNV y el visto bueno de Bildu, no alcancen las dioptrías.

Sánchez ha traspasado la frontera para reunirse con el Gobierno socialista portugués que ha gestionado la epidemia sin soltar el mando único en toda la crisis. El presidente del Gobierno español anunció a las 17 comunidades autónomas que se tomaba vacaciones y que los españoles debían hacer lo mismo: «hemos derrotado al virus, controlado la pandemia y doblegado la curva». Fin de la cita. La campaña electoral de las elecciones gallegas y vascas del pasado julio se la pasó recomendando «salir a la calle, hay que disfrutar de la nueva normalidad recuperada». Otra cita sin fin.

Desde hace quince días, los datos de Madrid no han empeorado sino todo lo contrario, por supuesto dentro de la gravedad particular de la región, y general en toda España. No quedaba más tiempo para cruzar la raya y encender la alarma demostrando fuerza. Sánchez tenía prisa después del sonoro bofetón de los jueces.

Sus señorías le han afeado la pasividad veraniega al no reformar la ley y así dar cobertura a las decisiones autonómicas que supongan la restricción de derechos fundamentales. Madrid publicó la orden ministerial, en la que consta su voto en contra, sin añadir ni una coma.

Ahora resulta que cumplir con la obligación puede ser una provocación al no suscribir una orden impuesta que no llevaba ni la firma del ministro. La próxima vez, alguien -entre las decenas de asesores de Moncloa- debería acordarse que en el gobierno regional de Madrid hay, entre otros, un ex magistrado del Constitucional leyendo los papeles. No cabe duda, que la decisión de Sánchez sobre Madrid solo es el siguiente capítulo.

Pero una vez cruzada esa raya no hay marcha atrás, y menos mientras el vicepresidente Iglesias siga enredado en una madeja llena de sorpresas. La alarma en Madrid pone toda la energía del foco en Ayuso y el PP de Casado.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )