RAZAS QUE SE VEN VENIR

El interés antropológico que Alfonso Guerra quiso ver en Quim Torra estaba bien fundamentado. Fue la alcaldesa de Vich (Barcelona) la que como licenciada en Historia y profesora de Ciencias Sociales le dio ayer la razón al reconocer la existencia de una raza catalana -la superioridad se le supone- y abogar por «poner fin a la costumbre, muy presente en determinadas zonas del país, de hablar en castellano con cualquier persona que por su aspecto físico o su nombre no parezca catalana».

Según la regidora, este proceso de integración debe desarrollarse en dos fases: identificación facial del intruso e inmersión del sujeto, a través del diálogo, sin conflicto político. En esto del diálogo coincide con Sánchez, que es el del mismo gremio académico, con el grado de doctor.

No se terminan de poner de acuerdo los antropólogos en determinar los factores que intervinieron en el proceso evolutivo que alteró el rostro del hombre, si genéticos o alimenticios, endógenos o derivados del sedentarismo que sustituyó al nomadismo.

Estas discusiones bizantinas se las pasa la alcaldesa de Vich por donde amargan los salchichones. Coautora de diversos «llibres de text de secundària de Ciències Socials» -eso pone en la Viquipèdia, cuyas páginas hay que leer con cara de integrado-, Anna Erra conoce bien los fundamentos teóricos y los delirios totalitarios de un supremacismo racial que lo mismo sirve para instruir a la Gestapo que como dogma de Òmnium Cultural, organización de la que también dice la Viquipèdia que es socia la regidora y fisonomista.

Que la alcaldesa de Vich se considere parte de una raza diferente no pasa de ser una perversión tribal del amor propio, sentimiento elevado a la categoría de fenómeno sobre el que Quim Torra tiene algo escrito, e incluso traducido para los que tienen o ponen cara de extranjero cuando los miran por encima del hombro, que es a lo que íbamos y de donde veníamos.

Es su metodología de reconocimiento y aislamiento lo que hace a Erra indeseable en un sistema de libertades. Cuando Alfonso Guerra destacó el interés antropológico del espécimen conocido como Quim Torra, el exdirigente socialista trataba de establecer un cordón ético que el presidente del Gobierno, en función de su cargo y representatividad, no debía cruzar.

Ese mismo cordón lo convierte en lazo la alcaldesa y diputada Erra para darle la bienvenida a Pedro Sánchez cuando se acoge al plan integrador de su raza.

Jesús Lillo ( ABC )