Algo ocurrió en algún momento que nos llevó hasta esta situación no solo en España o Europa sino en todo Occidente e incluso más allá. La libertad de pensamiento, la racionalidad y el sentido común fueron perdiendo posiciones hasta prácticamente desaparecer del ámbito y zonas de influencia de una sociedad que se creía inmune.

Este proceso de decadencia e imposición del pensamiento único de la corrección política se ha acelerado en muy poco tiempo alcanzando cotas inimaginables. Hay ideas prohibidas tácitas y evidentes, expulsadas del mundo actual y que son aceptadas con toda naturalidad como algo lógico y normal.

Una de esas ideas estigmatizadas o prohibidas es la de la tradición como vínculo con el pasado y puente hacia el futuro. La tradición hoy es entendida como algo viejo, caduco, anticuado, cosa de carcas. A lo sumo es aceptada su versión edulcorada, resignificada dirían algunos, como costumbre o mero folclore.

La tradición es un eje perdurable de la cultura de los pueblos arraigada en los orígenes, los antepasados y que pervive, continúa y es transmitida a las nuevas generaciones para alumbrar el camino hacia el destino. Hoy es algo despreciable para el actual paradigma del poder. La única tradición aceptada es la que apela a la denominación de origen de algún tipo de producto de la gastronomía o los vestidos típicos de alguna verbena de algún pueblo.

Otro veto de la corrección política es el de la trascendencia, lo eterno y su relación con lo sacro. Dios hoy no tiene lugar, tampoco lo sagrado, siendo ambos remplazados por una Gaia poderosa y material con sus sacerdotes y acólitos dispuestos incluso a su propia extinción para mayor gloria de la diosa Tierra.

La nueva religión ecoglobalista no rinde culto a sus muertos ya que estos solo son abono verde y sostenible. Son los mismos que condenan a todo lo que evoque lo sagrado y solo aceptan la tecnología al servicio del control social, de lo pandémico, lo económico, material o como sostén de los mundos virtuales de evasión, de placer y entretenimiento. No se permite creer o pensar en el destino divino, en ese diseño inteligente de la vida que nos hizo ser quienes somos, antes, durante y después de ella; es el borrado profano de la huella de la eternidad.

Las negaciones y vetos están relacionados, encadenados unos con otros, como por ejemplo el otro tabú globalista: la identidad. En esta fase de aceleración a turbo-velocidad del pensamiento único, han conseguido ocultar los rostros detrás del burka sanitario de las mascarillas redentoras de la pandemia del terror. Sin rostro no hay historia, origen, libertad, soberanía, ni dignidad.

La llamada sociedad de diferentes velocidades y multiniveles ya está en marcha y una muestra de ello han sido las recientes declaraciones del vicepresidente de la Comisión Europea y Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, que afirmó, que una vez superada la pandemia de covid-19, el mundo será “más desigual, más asiático y más digital”.

En esta declaración, nada fortuita o distraída, podemos no solo intuir sino vislumbrar con claridad hacia donde se dirige el mundo global y su régimen terapéutico: injusticiauniformidad totalitaria y control tecnológico. En la antigüedad las predicciones provenían de los oráculos y hoy se hacen desde los Foros internacionales de la elite dominante, y la de Borrell es una de ellas. La reorganización planetaria económica, política, social y cultural es un hecho.

La Agenda Globalista necesita acabar con la identidad ya que la considera un mal en sí misma, un obstáculo para la diferencia, cuando justamente es lo contrario. Contra la identidad oponen la diversidad, cuando en realidad su diversidad, sin el respeto a las identidades de los pueblos, solo es uniformidad, homogeneidad numérica y poco más.

Para el poder hegemónico globalista la idea de identidad debe ser eliminada porque denota racismo, odio y multitud de neofobias de falsa matriz ideológica. En relación a esto, oponen el concepto humanidad al de comunidad en una forzada y falsa dicotomía.

Para los nuevos dioses de la ingeniería social que encabezan la construcción filantrópica del mundo sin fronteras, cosmopolita y uniforme, las identidades de los pueblos y sus vínculos naturales, familiares, comunitarios y nacionales -pilares de la civilización- son considerados como algo obsceno, retrogrado, del pasado, y que por lo tanto debe acabarse con ellos.

El pensamiento hegemónico dominante está vehiculizado por las Big Tech, los medios de comunicación, la política, la educación y la cultura en general. Todo posicionamiento que no sea progresista -ni hablar de derechas, de corte radical, social patriótico o conservador revolucionario- es algo inaceptable y excluido automáticamente, ya que connota un agravio, un delito, una ofensa e incluso un crimen.

El avance hacia el totalitarismo de la tiranía globalista es inequívoco y cualquier posicionamiento fuera del área del progresismo buenista es inaceptable. Occidente vive en un presente continuo de amnesia y autodestrucción viendo cómo se acepta lo inaceptable por el mero temor a perder lo que ya se ha perdido. Las mayorías han preferido el placer de una prisión confortable, al desafío y riesgo que implica la libertad.

Para no dejar de ser quienes somos y huir de vetos y prohibiciones durante el largo y tortuoso camino que tenemos por delante, elijo un par de pensamientos. Uno es el de San Ireneo de Lyon: “El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos”.

El otro es el de Philip K. Dick: “Toda sociedad en la que la gente interfiere en la vida privada de los demás no es una buena sociedad; todo Estado en que el gobierno ‘sabe de usted más que usted’, es un Estado que debe ser derribado”.

La libertad es el principio esencial de la dignidad humana, una auténtica herencia del Creador, y es un valor a defender. Sin razón ni libertad no hay hombres ni mujeres dignos de reconocerse como tales. Y en esto coinciden un Padre de la Iglesia y un escritor de ciencia ficción, dos ejemplos también de la Tradición Cultural de Occidente, con la algunos sueñan acabar.

José Papparelli ( El Correo de España )