REBROTES

El Ejecutivo vuelve a caer en los mismos pecados capitales que en febrero: no prever, ni tomar las decisiones necesarias para mantener a raya al coronavirus. Es deber de quien gobierna establecer el marco legislativo y poner los medios para que el país pueda convivir con la enfermedad de la forma más estable y segura posible, sin tener que volver a la casilla de salida: el confinamiento y la destrucción económica. Pero tan solo dos semanas después de que se acabara el estado de alarma la dejación de funciones vuelve a ser clamorosa.

Basta salir a la calle para comprobar que no hay suficiente control. Quien quiere seguir las normas sanitarias lo hace. Quien no, también. Los grupos sin mascarilla abundan, la distancia de seguridad se borra en las terrazas y los rastreadores de contagios advierten que los posibles infectados mienten para no hacerse las pruebas. Los brotes activos rondan ya el medio centenar, se reparten por 15 autonomías y son ya dos las zonas confinadas.

Pero no se preocupen que está todo controlado. Ahí sale el jefe del Gobierno a decir que no hay que tener miedo a los rebrotes. Salgan a consumir, no les importe contagiarse, que sin actividad no hay país, viene a ser la traducción su discurso.

Cierto. Sin economía no hay nada. Pero para poder recuperar algo parecido a una nueva normalidad es necesario que los ciudadanos tengan tranquilidad. Y no la habrá mientras los rebrotes sigan proliferando como champiñones.

Hacen falta más medidas para mejorar la «nueva normalidad» y quien tiene que ponerlas en marcha no lo está haciendo. Durante el estado de alarma, Pedro Sánchez se comprometió con Inés Arrimadas a diseñar y aplicar un paquete de reformas para que no hubiera que volver a recurrir a ese marco tan excepcional en caso de rebrote generalizado.

Un escenario que parece cada día más probable de cara a septiembre o octubre. Sin embargo, estamos en julio, el Congreso es inhábil en agosto y ese paquete de reformas aún no ha llegado a la Cámara. Además, el decreto de «nueva normalidad» debería estar ya tramitándose como proyecto de ley para poder ser ampliado con las propuestas de la oposición.

Tampoco hay rastro de ello. Al igual que el Gobierno no se dedicó a discurrir en febrero qué pasaría si España fuera tan golpeada por el Covid como Italia, ahora tampoco se está deteniendo a pensar y preparar un plan ante nuevas oleadas.

La coalición socialista y podemita parece no haber aprendido nada en estos meses. Ni siquiera la lección principal: poner los medios y dedicar los recursos cuando toca, aunque parezca caro, evita un gasto muchísimo mayor en el futuro. El Gobierno sigue con el «iremos viendo» en vez de tomar medidas adicionales ante la relajación del seguimiento de las normas sanitarias.

¿Dónde tiene puestas las neuronas? En crear debates artificiales e ideologizados para que no se profundice ni se hable de su gestión, ni de las víctimas, ni de que sigue existiendo un grave problema de salud pública. La última treta ha sido excluir a la educación concertada de todas las nuevas ayudas y meter la medida dentro de la Comisión para la Reconstrucción. Ya me dirán ustedes qué tendrá que ver.

Pero lo más lamentable de todo es la respuesta invariable ante las advertencias: «lo que se busca es derrocar al Gobierno». Si en lugar de hacer su trabajo los socialistas siguen refugiándose tras argumentarios de partido es muy probable que, efectivamente, los ciudadanos les acaben mandando a su casa en las próximas elecciones.

Ana I. Sánchez ( ABC )