La celebración del día de la Fiesta Nacional, la antigua Hispanidad, vuelve a coincidir con un movimiento revisionista del legado de España en el Nuevo Mundo. En general, se trata de una reedición de la ‘leyenda negra’, cuya falsedad supera con creces las exageraciones apologistas de las leyendas doradas sobre los más de trescientos años de presencia española en Hispanoamérica.

Esta vez no son los competidores directos de España en los mares del mundo, como Inglaterra u Holanda, los que reverdecen las fábulas sobre los genocidios cometidos por los españoles contra los pueblos nativos, sino una nebulosa de grupos indigenistas, de partidos de izquierda y de gobiernos que quieren que España expíe culpas que solo corresponden a sus antepasados más inmediatos.

Es muy sintomática de esta dictadura revisionista la decisión de Joe Biden de sumar al Día de Colón el Día de los Pueblos Indígenas, endosando a nuestro descubridor políticas de exterminio, traslados forzosos y anulación cultural de tales pueblos, cometidas directamente por otras metrópolis europeas, incluso por gobiernos de Washington. Parece que la famosa ‘cultura de la cancelación’ que está asolando las universidades americanas empieza a dar el salto a la política de la Casa Blanca.

España no tiene que pedir el perdón que le reclama el presidente de México, empeñado en esta exigencia para crear distracciones sobre el balance de su Gobierno. Como toda gran nación, con una gran historia, España tiene luces y sombras, pero en lo que se refiere a Hispanoamérica las luces superan a las sombras.

La campaña antiespañola es tan falsaria que empieza a encontrar respuesta en los propios países iberoamericanos, donde hay intelectuales, políticos y académicos preocupados por el espíritu reaccionario y antidemocrático que anima a buena parte de los movimientos indigenistas.

No hay que confundirse: tras el ataque al legado español se esconde el propósito de deslegitimar la occidentalización de Iberoamérica. El ensalzamiento de las culturas aborígenes es una propuesta de derogación de la democracia liberal y su sustitución por el tribalismo asambleario.

No importa que alguna de aquellas culturas fuera, en realidad, un precedente en el que se habría podido reconocer sin problema el propio Adolf Hitler. La izquierda transita sus admiraciones sin problema del estalinismo al islamismo, y ahora al indigenismo.

España no cuenta con un Gobierno que lidere una réplica diplomática, cultural y científica a la expansión de esta nueva ‘leyenda negra’, porque sus aliados internos comulgan con la rabia antiespañola de los que derriban estatuas de Colón, Cortés o Junípero Serra. Debe ser el ciudadano español y los recursos de la sociedad civil los que reivindiquen una historia que nos da razones para no repudiarla, sino para admirarla.

Es fácil juzgar lo que pasó hace siglos, pero nuestro pasado está construido en América sobre bases admirables, que ningún imperio anterior ni posterior podría afirmar de sí mismo.

España fue la primera nación que legisló sobre los derechos de los indios, el mestizaje fue una constante del desarrollo entre españoles y nativos, las tierras conquistadas fueron provincias de ultramar con representación en las Cortes de Cádiz, las universidades de Hispanoamérica son anteriores a la inmensa mayoría de las europeas y, como en todas las guerras de independencia, las de Hispanoamérica fueron básicamente guerras civiles.

Compartimos una misma lengua, el español, el gran tesoro de la Hispanidad, fuente de fraternidad con los pueblos de América, a los que hoy España debe sentir de nuevo como tierras hermanas de un pasado común y un presente que hay que rescatar de tanta mentira.

ABC