RÉQUIEM POR LA LIBERTAD DE ESPAÑA

Ochenta años después, la España liberal vuelve a ser derrotada. Por partida doble. Si entonces la guerra política entre la extrema derecha y la extrema izquierda, aliada de los nacionalistas periféricos, se decantó para la tribu del autoritarismo, ahora la extrema izquierda y los nacionalistas, la secta del totalitarismo, van a conseguir, PSOE mediante, entrar en el Gobierno de la Nación para hacer la revolución que materialice lo que en su día profetizó el entonces exaltado, y hoy mediopensionista, Alfonso Guerra: que a España no la reconozca ni la madre que la parió. Es decir, Isabel la Católica.

La foto más reveladora de esta triste derrota es la que muestra a Pedro Sánchez, Adriana Lastra y María Jesús Montero mirando, con una mezcla de asco y repelús, cómo se carcajean Pablo Iglesias y Alberto Garzón mientras les entregan las llaves del Gobierno.

Sánchez bebe de una botella de agua que podría estar llena de vodka como homenaje a Kerenski, el gobernante de la incipiente democracia rusa que permitió con su inacción que un puñado de decididos comunistas bolcheviques llegase al Kremlin, abortando el sistema liberal para poner en funcionamiento la más formidable máquina ideológica de asesinar de la historia.

Como entonces en Rusia, no sería posible en España el asalto al poder de políticos sin escrúpulos sin la participación de intelectuales afines a la causa, que han justificado de todas las formas posibles tanto la destrucción del país, de sus tradiciones e instituciones, como han blanqueado a los terroristas y golpistas que, en sucesivas olas, han ido minando la confianza en la Monarquía constitucional y el Estado de Derecho.

Con el aval de historiadores como Álvarez Junco, que han minusvalorado la misma concepción de España, y juristas como Pérez Royo, que han propuesto la voladura de la Constitución, un presidente del Gobierno como Zapatero no tuvo empacho en admitir que España no es sino un concepto discutido y discutible.

Que la más refinada intelectualidad y los artistas más comprometidos pusiesen sus obras al servicio de la barbarie de izquierda y nacionalista, a la que se ha sumado en los últimos tiempos el feminismo radical, es algo que no debería sorprendernos, dada la trayectoria establecida por José Bergamín, Josep Fontana o Rafael Alberti.

Lo lamentable es que, dominados por el complejo de inferioridad intelectual y el síndrome de la tibieza de carácter, la derecha conservadora y el liberalismo centrista hayan sido incapaces de articular una alternativa sólida, convirtiéndose simplemente en la versión descafeinada de la socialdemocracia (Rajoy y Montoro), la opción desnatada del nacionalismo (Feijóo) y el paradigma cool de lo políticamente correcto (Ciudadanos).

Más que nunca querrán cortar los vínculos que nos unen a los antepasados. Son los nihilistas que pretenden destruir los fundamentos de la cultura, los vitriólicos cínicos que siembran la cizaña política y los templados cobardes que prefieren la rendición a la lucha por las ideas.

Abandonados por los políticos, censurados en las instituciones, expulsados de la Academia, calumniados por los medios hegemónicos, adoctrinados desde las instituciones educativas…, sin embargo, cabe resistir. Como hicieron Unamuno y Clara Campoamor, Ortega y Gómez de la Serna, Chaves Nogales y Madariaga. Puede ser que la España liberal e ilustrada finalmente sea derrotada pero al menos que no lo sea porque el cansancio se haya convertido en el clima espiritual dominante.

Que nuestra mirada final no sea esa mezcla de asco y temor en los ojos de Sánchez, Lastra y Montero, sino que en ella haya alegría en lugar de repulsión, e indiferencia por nuestra suerte en lugar de la resignación de los que han perdido toda esperanza salvo la de la ambición del poder por el poder.

Santiago Navajas ( Libertad Digital )