RESCATARA PODEMOS

Del cuartel de campaña del PSOE, que está en Moncloa desde junio del año pasado, ha salido la consigna de rescatar a Podemos, cuya estabilidad relativa es condición sine qua non para la continuidad de Sánchez en el Gobierno. Los socialistas van a captar un millón de antiguos votos de Pablo Iglesias, quizá un millón y medio, pero necesitan que los morados aguanten con tres millones al menos para que puedan servirles de costaleros.

El problema es que ese rescate implica salvar a Iglesias de sí mismo, de sus contradicciones y excesos, del chalé de La Navata, de las purgas de sus rivales internos, de su tendencia hiperventilada a inspirar miedo. A tal efecto, la maquinaria mediática de la izquierda se ha puesto a la tarea de blanquear sus tropiezos presentándolo como víctima de la Stasi de Villarejo, último sostén de la teoría de la conspiración, de la trama corrupta de políticos, periodistas y banqueros. La mafia policial, las cloacas del Estado y todo eso.

El espionaje, que en este caso resulta muy probable que sea cierto, siempre funciona bien como argumento; entretiene al personal con un relato truculento y goza de la ventaja añadida de que permite al sanchismo continuar manteniendo su estrategia de ocupación impostada del espacio de centro. Si la cosa va bien, el presidente sacará a su aliado de las alcantarillas y lo sentará en una vicepresidencia o en algún ministerio.

Las cuentas monclovitas pasan por una facturación similar a la última del marianismo: alrededor de 130 diputados, 120 como mínimo. Si los podemitas se hunden no habrá manera de alcanzar el objetivo, que es el de prescindir del apoyo explícito del separatismo. Torra y Puigdemont no son de fiar y a Sánchez le gustaría que sus votos no fuesen decisivos; ERC podría abstenerse para despejar el camino. El PNV está en el bote y Otegi ya ha prometido el apoyo de Bildu.

Con esas previsiones, el bloque de investidura requiere que Podemos resista el declive de un liderazgo cuarteado, prematuramente envejecido. Que rebañe los últimos escaños de varias provincias para que Ciudadanos y Vox no provoquen un cortocircuito. El premio de esa resistencia será su entrada en el Ejecutivo, una parcelita de poder en la que cultivar las últimas semillas de su agresivo populismo.

La cuestión es cómo inyectarle un suplemento de fuerza si no basta con el escándalo sobreactuado de la policía paralela. Iglesias, con su gesto crispado y su intemperante dialéctica, se ha convertido en un chicharro que ya ni siquiera levanta el share de las cadenas para las que antes era un seguro de audiencia.

Redondo y sus gurús confían en que aún sea capaz de movilizar el voto antisistema llamando a las barricadas contra la derecha. Sin embargo, la clave la esbozó el mismo, que no es tonto, en su mitin de vuelta. Fue cuando preguntó a quién van a votar en las generales Íñigo Errejón o Manuela Carmena.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor