RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN

Darse de baja de un club en el que sabes que estás a punto de ser expulsado no tiene mérito, y mucho menos aún si te vas en silencio y no te atreves a dar un  portazo y acordarte de los  deudos fallecidos del Presidente del Consejo de Administración, porque eso es lo que llevan haciendo algunos viejos socialistas que de tanto guardar las formas  para evitar que les llamen maleducados permiten que el dueño del garito convertido en burdel,  no se dé por aludido.

Decía Ernest Hemingway en “Adiós a las armas” que la vida es muy fácil cuando no se tiene nada que perder,  y por eso el derecho al pataleo  está reservado a los viejos a  los que ya nadie les hace caso salvo que sean valientes y arriesguen el escaso tiempo que les queda por delante o la menguada hacienda que les ha ido robando el gobierno por detrás.

Tópicos aparte, que otorgan la audacia a la juventud y la prudencia a la vejez en unos tiempos en los que casi nadie sabe dónde está y oculta de donde viene, el valor asociado a la dignidad, no debería tener fecha de caducidad.

Conozco a gente muy obediente hasta en la cama, y también a otros que solo tapados con una capucha y en grupo son capaces de desobedecer. Tengo identificados a los que se pasean rodeados de escoltas armados y coches de chapa dura a prueba de excesos, charlatanes de fin de semana que huyen despavoridos de Valladolid en cuanto unos vecinos les gritan.

Asalta cielos que van en taxi y sin escolta  a una televisión cuando saben que  el riesgo es nulo, pero viven en una fortaleza protegida  por guardias civiles que durante ese tiempo  no persiguen a otros delincuentes.

Terroristas con corbata, lazo amarillo y coche oficial, promoviendo una violencia que ellos nunca sufren porque les protege una fanatizada guardia de corps.

Tras ese panorama están los valientes de salón, los que callan en público como barraganas y protestan sotto voce para que nadie les oiga. El momento de hacerlo es cuando arriesgan porque están en activo.

Como las palabras escritas perduran y pueden ser releídas para su mejor comprensión,  yo dirijo éstas a quienes aún están a tiempo de dejar unas cuantas líneas dignas en su biografía antes de que lleguen tarde a su propio epitafio.

Un personaje, cuyo encefalograma moral dibuja una línea plana  a ras de suelo, merece que le sigan tipos y tipas de su mismo rasero, pero no debería contar con el silencio de los corderos que ya fueron degollados.

Diego Armario