No se ha podido contener. Iglesias ha vuelto, aunque en realidad nunca se fue muy lejos. Tomó distancia para recuperar el papel de agitador. Con el aburrido BOE entre las manos no le interesó la materia de su ministerio. Solo el poder.

Con la desesperación del náufrago agarró la misma tabla que Sánchez para formar Gobierno, salir del paso y ganar tiempo, especialidad compartida. Se le vieron las intenciones en las siete horas del Consejo de Ministros en el que se aprobó el primer decreto de alarma en marzo del 20.

Un confinamiento domiciliario importado de China, como casi todo, donde la dictadura comunista marcó la tendencia a las democracias sobre cómo atajar la expansión del virus. Una ocasión única

 e inesperada de carcomer al orden liberal, de tomar el control del país entero desde el Gobierno antes de pasar por el Parlamento, y no al revés como ha sentenciado dos veces el TC. Al líder de Podemos, también a Sánchez, la pandemia le torció el plan. No había venido a gestionar sino a poner patas arriba el 78 por la vía rápida. Las alianzas de Sánchez con ERC y Bildu las tejió Iglesias. Ahí siguen.

Iglesias ha vuelto al megáfono. Encadena frases, rellena espacios, aturde y abruma al convencido. A medida que Yolanda Díaz ha adquirido protagonismo al urdir los primeros pasos de un “frente amplio” que incluiría a Podemos, Iglesias ha roto el voto de silencio impostado para desplegar lo que su condición de vicepresidencia le limitaba. La campaña electoral en Castilla y León pretexto para brincar sobre la tarima.

La crisis de Ucrania le ha permitido reiniciar la percusión, diferenciarse de Sánchez, con un sinuoso ajuste de cuentas. Contra Margarita Robles, ministra de Defensa por mandar barcos y aviones a primera línea. A favor de su subordinado Garzón, «un referente ecologista internacional», aunque sobre todo señala al presidente por «no haberle defendido».

Iglesias quiere ser como Arzallus en el PNV. Aposentado en el mando sin aparecer más que cuando corresponda poner orden o repartir cates a diestro y también a siniestro.

Con Sánchez necesitado de sus votos ahora y mucho más a partir de 2023, tras las elecciones generales, el camino de vuelta le regresa a la agitación antisistema.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor