Septiembre alborea en la luz, las cortinas del atardecer cubren de sombras el retorno a la rutina sin esperanza de los españoles varados en el paréntesis de un verano de pobreza y prohibiciones, un agosto de calderilla, sin paellas al sol ni alegría en las madrugadas que forjan en el fondo de un gin-tonic y en el coro de una conversación los proyectos del otoño.

Nada. Solo miedo. La nostalgia de lo perdido sobre el calendario de la incertidumbre, y en las celdas de sus días la reiteración y el eco de la incompetencia conocida escribiendo el futuro de la incuria prometida que, con la lluvia y el frío, con la gripe y el paro, volverá a llenar de ese miedo bíblico que guarda la viña el único refugio en el que los españoles encuentran amparo: los hospitales de la Seguridad Social.

Fuera de sus muros y de sus eternos pasillos perfumados de asepsia, galopa el cacareo indecente de la rebotica tóxica de la política, donde el veneno se despacha a granel, como el Valdepeñas peleón en las bodegas de antaño. Sus palabras con halitosis y sus argumentos, bostezados con la cansina cadencia de una tabla de multiplicar cantada por analfabetos con acta de diputado, tratarán de cazar votos con la codicia del furtivo y el empeño del zahorí que busca oasis para sus camellos.

O sea, para nosotros que somos las esenciales bestias de carga de sus privilegios y a las que, después de votar y pagar el diezmo de sus salarios, se abandona en los establos del miedo, en los rediles de la incertidumbre y en las cuadras del paro con las mínimas e imprescindibles, de momento, raciones de supervivencia sin rebeldía.

Porque donde no hay Patria no hay rebeldía. Donde no hay Patria solo habita la globalización de la mansedumbre de los parias, de los plebeyos y de los libertos.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )