RETRATO DE UNA ESPAÑA ENFERMA

Llovía en Londres el 17 de octubre del año pasado. En la iglesia de St. Martin in the Fields se acababa de celebrar un memorial por Hugh Thomas, el gran hispanista. Mario Vargas Llosa y el arriba firmante, que con sir John Elliot habíamos cantado las elegías del difunto, tomamos un coche juntos rumbo a Heathrow.

Durante el largo recorrido en el tráfico de mediodía hablamos mucho de España y me satisfizo oír al premio Nobel felicitar a ABC por la información sobre el plagio de la tesis doctoral de Pedro Sánchez. «En cualquier otro país ya no sería presidente», dijo Mario, y compartimos después opiniones sobre lo que eso indicaba sobre el estado ético de nuestro país.

Los lectores de ABC conocen la evolución de los casos de plagio descubiertos por este periódico. Si lo de Sánchez era grave, porque pone de manifiesto la calidad de la Universidad española, la cascada de plagios del presidente del Senado, Manuel Cruz, descubierta por Javier Chicote y Daniel Tercero, no puede tener consecuencias porque, como no las tuvo el caso de Sánchez, ningún subordinado suyo puede ser obligado a dimitir por hacer lo mismo que hizo él.

Ya sabemos que el grado de exigencia ética varía según dónde se descubra la falta. Un plagio similar en un cargo de segunda fila en un gobierno del PP acabó con su dimisión una hora después de que ABC publicara la noticia.

Si los plagios del presidente del Senado en lugar de ser de Manuel Cruz hubieran sido de su predecesor en esa Cámara, el popular Pío García-Escudero, ni les cuento el monográfico que nos hubieran largado las teles al rojo vivo, hasta que hubieran acabado con él. Máxime siendo como es don Pío el conde de Badarán. Me imagino los titulares «¡El gran plagiario de la nobleza española!».

El caso de Cruz ha dado un giro a peor esta semana. Cruz violó flagrantemente las bases de dos premios de ensayo que ganó en 2005 y 2010 al presentar sendos textos no inéditos. El caso del premio Anagrama es especialmente vergonzoso. La editorial de Jorge Herralde ha respondido a ABC que hay que ver qué es «inédito».

¿Es posible que una persona como Herralde, que tiene la distinción de Oficial de Honor de la Orden del Imperio Británico y es Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres de Francia no sepa qué significa que algo sea inédito?

En el caso de la editorial Planeta, la promotora del premio Espasa, nadie puede sorprenderse. El uso que hace de los premios es bien sabido. Cada año todos conocemos antes de que se reúna el jurado del premio Planeta quién es el ganador y quién el finalista.

Ante la evidencia escandalosa de la violación de las bases del premio Espasa por Cruz, que firmó una declaración «expresa del carácter original e inédito en todo el mundo de la obra que presenta», la editorial que dirige Ana Rosa Semprún ha preferido guardar silencio.

Estos ejemplos de dos editoriales muy relevantes, sumados a los de la Universidad española, especialmente un centro privado como la Universidad Camilo José Cela, pero también la Universidad Complutense, o lo que se vio antes en la Rey Juan Carlos, demuestran que España es un país muy enfermo.

Un país en el que se premia la trampa, se acepta el engaño y se admite la violación de las reglas, pese a que ello sea denunciado. Las nuevas generaciones están creciendo con estos ejemplos. ¿Quién va a convencer a un joven universitario de que su tesis doctoral tiene alguna relevancia si la basura de Sánchez le avaló en su carrera hasta llegar a La Moncloa?

Ramón Pérez-Maura ( ABC )