REVILLA EL ABRONCADOR

He sido testigo de cómo unos estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid  llamaron ladrón a Felipe González,  unos manifestantes le dijeron a José Maria Aznar que era un asesino, cientos de personas abuchearon en la calle a José Luis Rodríguez Zapatero al grito de traidor,  y también vi y escuché cómo el candidato del Psoe Pedro Sánchez llamó indecente a Mariano Rajoy en un debate en televisión o cómo unos ciudadanos, en la calle,  le tildaron de corrupto.

Cualquier juez diría que esas faltas de respeto están amparadas por el derecho a la libertad de expresión, salvo que nos atengamos a la opinión del Presidente de Cantabria que, cuál guerrero sin antifaz y defensor de viudas, huérfanos y presidentes de gobierno en funciones,  se lanza contra los ciudadanos lenguaraces y los abronca en plena calle, aprovechando que  le acompaña una cámara de televisión.

Me parece mal que se insulte a la gente, sean presidentes o barrenderos, pero me provoca peor sensación que el presidente de Cantabria vaya a buscar a su lugar de trabajo a un camarero para enseñarle modales y luego contar su hazaña reeducadora a la prensa.

Miguel Ángel Revilla está sobrevalorado por los medios de comunicación que se han convertido en plataformas devaluadoras de la realidad y creadoras de una ficción maniquea,  en la que los papeles de buenos y malos están repartidos a priori.

Su curriculum le ha conducido por diversos derroteros y los ha aprovechado todos con una versatilidad propia de un mago,  porque su inteligencia le hizo ver muy pronto que la política es el arte de lo posible, siempre que resulte rentable.

Sin restarle un ápice a sus méritos – incluida su  actividad como ensayista, que le ha llevado a vender bastantes libros –  donde más ha destacado en los últimos años ha sido en su faceta como histrión.

Su presencia habitual en distintos programas de televisión le ha permitido crear un personaje que lo mismo se presta al espectáculo  que a la reflexión política con ramalazos populistas,  o a dar lecciones de ética,  sin olvidarse que cuanto más se distancia de su pasado mejor futuro se fabrica.

Vaya a donde vaya  encuentra un Pisuerga que pasa por Valladolid para llevar  el agua a su molino, y  a fé que resulta complicado encontrar  en la política española a alguien como él  que tenga una respuesta para todo y un reproche para cada uno.

Siempre se ha dicho que aparecer en exceso en los medios de comunicación implica el riesgo de que los ciudadanos acaben descubriendo  cómo eres de verdad,  pero  Miguel Ángel Revilla cree que la vida es un plató de televisión y corre el riesgo de acabar compitiendo con personajes de menor cuantía.

A sus años lo más probable es que ya no cambie  así que habrá que  dejarle suelto –  como al buey solo que bien se lame  – y echarle poca cuenta,   porque de la misma forma que Parla no es Nueva York, el cántabro de  las anchoas  tampoco es  Hemingway.

Diego Armario