REVUELTA DE RETRETES

Algún día se dirá: hasta aquí llegó el tsunami de las esquinas flameantes en la revuelta de los retretes donde el máximo representante del Estado en la región se puso al frente de los encapuchados. Torra, el Nerón sin pose imperial pero más racista, participa en las marchas del brazo de aquel lehendakari que ya está en las alcantarillas de la historia. Siguen las hogueras y las pedradas.

La Pontasi afirma que la gente ha salido a la calle a acabar el trabajo de hace dos años. Otros observadores piensan que hasta los separatistas se cansarán algún día porque ya hay gente hambrienta de autoridad. Los políticos de Madrid están desconcertados y, como decía Pla de los de su tiempo, respecto a Cataluña, los de derechas repiten sin cesar los tópicos de la derecha y los de izquierdas repiten los tópicos de las izquierdas. «Dan -decía- unas latas asfixiantes». En pleno desfile de chovinismo, los cachorros salen con el DNI, agua en botella de plástico y la consigna de hacer bulling a la gente que lleve banderas españolas, cámaras o micros.

Cantando «in-de-pen-den-cia», el bon cop de foc, afilando las hoces del fanatismo, lanza ácido contra la policía. Su desesperación y su cólera son la señal de la derrota de unos gobernantes que han perdido la cabeza y la libertad, y que se han puesto las máscaras de los antisistema en un caso insólito de deslealtad y locura.

Según Pedro Sánchez, el Govern esconde su fracaso detrás de una cortina de humo y fuego. Su fracaso y su racismo. Como la izquierda no ha querido analizar el carácter xenófobo del nacional-populismo, sigue ignorándose la reaparición de aquellos patriotas de cuatro abuelos catalanes; aquellos que primero llamaban a los emigrantes murcianos, después charnegos y, por último, fascistas.

Como en los tiempos de la independencia americana, los falsos criollos atacan a los peninsulares de la misma raza y religión. En Cataluña, los paternalistas burgueses no se habían enfrentado con los emigrantes a pesar de que Pujol les enseñaba que el hombre andaluz no es un hombre completo. «Es -decía- un hombre anárquico. Es un hombre destruido».

Felipe González, un andaluz nada anárquico, dijo alguna vez que el supremacismo catalán no es tan explícito como el de Trump, pero están convencidos de que si los dejaran solos serían mejores. Aceptaron a Kim Torra que recurría a los genes.

Describía a los españoles como bestias carroñeras, con un tara en el ADN. Es que los catalanistas consideraban hipócritamente que eran catalanes todos los que trabajaban en Cataluña ocultando la ideología racista que viene de los tiempos de Prat de la Riba.

Raúl del Pozo ( El Mundo )