REY DEL POP

Por supuesto, a mi también me ha ocurrido. De chaval, alguna vez me dio el alba en un antro copero, entre un tropel de gente que se desgañitaba y se contorsionaba partiéndose de risa con el himno de desamor pasado de rosca con que el pincha cerraba la velada: «Vivir así es morir de amor».

Para una generación que equiparaba la modernidad con el pop anglosajón, Camilo Sesto formaba parte de los discos y casetes de nuestros padres. Así que lo escuchábamos como un placer culposo y con una mueca irónica (aunque en el fondo nos percatábamos perfectamente de que sus canciones eran redondas).

En sus últimos años, el propio Camilo Blanes Cortés contribuyó a cincelar la caricatura, porque tuvo mal envejecer, con su pelazo sintético, un rostro hierático por los excesos con los retoques y una manera de hablar que dejaremos en peculiar. Además sus achaques de salud, con un trasplante de hígado en el cambio de siglo y sus problemas de articulaciones, lo privaban de movilidad y parecía acartonado.

Era un hombre un poco extraño, que veía discurrir los días enclaustrado en su Graceland particular de Torrelodones. Quedaba ya muy atrás el cantante de la voz aguda de registros increíbles, el guapo de ojos claros que defendía con arrebato su repertorio de pasiones inflamadas.

Pero a pesar de su crepúsculo un poco triste, el hombre que se murió ayer a los 72 años merece ser recordado como un genio de lo suyo. Así lo acreditan sus increíbles datos: más de cien millones de discos vendidos (solo en 1979 despachó 13 millones), 52 números uno, conciertos multitudinarios por todo el planeta, de Chile a Japón, pasando por el Madison Square Garden de Nueva York.

Una canción suya es todavía el himno oficioso del Peñarol de Montevideo. Cuentan que en el Estado de Nevada se celebra el llamado «Día de Camilo Sesto» y que en México lo veneran. A diferencia de otros vocalistas muy dotados, el artista alicantino poseía además una oreja infalible, era el compositor y productor de sus propios éxitos.

¿Qué hace este frívolo dedicando un artículo a Camilo Sesto en lugar de hablar de los enredos de Sánchez?, pensará algún lector. En diciembre de 2017 se murió Johnny Hallyday, el Elvis gabacho. Fue despedido con un funeral de Estado, al que asistieron los presidentes Macron, Hollande y Sarkozy.

El cortejo fúnebre avanzó desde el Arco del Triunfo hasta la plaza de la Concordia, con una multitud de franceses de a pie mostrando su respeto y emoción al paso del ataúd de aquel cantante popular. ¿Era Hallyday mejor que Camilo Sesto? Para nada. No poseía ni su voz, capaz de alcanzar con naturalidad notas dificilísimas, ni su talento para componer una canción de pegada tras otra. Pero Francia venera, y hasta idealiza, a sus artistas veteranos. Aquí, lo mejor que les puede pasar si tienen suerte es que salgan ilesos de «Sálvame».

Camilo Sesto, al que nadie regaló nada, no fue un chiste, sino un maestro de nuestra cultura popular. Y como tal debe ser despedido y recordado por sus compatriotas.

Luis Ventoso ( ABC )