RIFA TRUCADA

La última -por ahora- trapacería de Sánchez consiste en haber organizado una subasta de fases de desconfinamiento. En su mentalidad táctica, cortoplacista, es capaz de comerciar con cualquier detalle, grande o pequeño, de lo que se supone que constituye su responsabilidad de Gobierno.

Si para obtener la investidura estuvo dispuesto a aliviar el horizonte penal de los independentistas presos, cómo le ha de importar que salgan de la cuarentena unas provincias de más o de menos; al fin y al cabo sólo se trata de que unos cuantos miles de negocios permanezcan cerrados o abiertos.

En la licitación de favores, el PNV siempre demuestra su facilidad para moverse en el mercado negro: no hay partido en España que sepa sacar más rédito de unos pocos escaños en el Congreso.

El nacionalismo vasco sabe oler la debilidad del poder en cada momento y la exprime con pericia de experto. Es un lobby parlamentario perfecto; maneja información fiable, negocia con discreción, gasta fama (no siempre justificada) de cumplidor serio y conoce con precisión los márgenes para especular con el precio.

En este caso se trataba de recuperar autonomía de gestión frente al mando único del Ministerio. Poca cosa para gente tan avezada en rebañar privilegios: amagaron distanciamiento, apuraron los tiempos y arrancaron el acuerdo que buscaban a cambio de sacar al presidente de un aprieto.

Pero la maniobra ha provocado en otros territorios el natural agravio comparativo y ha vuelto a dejar en evidencia la falta de formalidad del sanchismo, que no sólo carece de principios sino que es incapaz de respetar el más mínimo criterio objetivo.

La arbitraria manga ancha concedida al País Vasco reduce al famoso comité científico al vergonzante papel de atrezo decorativo. Toda la cháchara matinal de Don Simón es mera farfolla de cifras y consejillos de vieja, ruido de fondo para mantener entretenido al periodismo. No hay ciencia que valga, sólo oportunismo sujeto al vaivén improvisado del juego político.

Ahora se entiende mejor ese secreto de catacumba que rodea al presunto sanedrín de sabios: quizá sean ellos mismos los que no quieran darse a conocer para no quedar en ridículo. Y como van a caer demandas y recursos a cascoporro, nada de actas ni argumentos escritos; llegado el caso, que apeche ante los tribunales el ministro.

Todo ese rollo de los indicadores era otro camelo, la enésima patraña. No cuentan los índices de contagio, ni la tasa de pacientes ingresados, ni las camas hospitalarias; sólo la voluntad circunstancial del que manda.

No hay un solo parámetro en que Vizcaya aventaje, por ejemplo, a Granada, y Ximo Puig, que es socialista aunque no de la guardia presidencial pretoriana, se queja con razón que le han contestado con nueve palabras a un informe de 232 páginas.

Este Gobierno no sabe dejar de hacer trampas. Ha rifado las fases, pero en una tómbola trucada.

Ignacio Camacho ( ABC )