Pocas cosas resultan, en la triste España de hoy, más gozosas y reconfortantes que ver al segundo Pablo Iglesias humillado y compungido, tapando la chepa con la coleta, mientras marcha camino del burladero, como los toreros malos, los que ya no capean ni a las vaquillas cojas.

No sabía el dueño de la dacha de Galapagar que enfrente tenía un miura castifino, de nombre Rocío, dispuesto no sólo a empitonarlo a él (que sería poca presa), sino también a la señora moderadora, que hizo las veces de banderillera, aunque con poca suerte.

Hubo en la reacción de Monasterio a los pucheritos del marqués un halo de magia, algo como de otro tiempo, diría incluso que de otro lugar. Una reminiscencia de Manolita Malasaña ante el gabacho resabiado y soberbio, con las tijeras de la mala leche castiza afiladas con tanto debate estéril. Porque esa es otra. Cómo el sistema nos embota el cerebro y nos mutila el corazón a base de estos muermos de candidatos, los gabilondos de nuestra era, capaces de hacer roncar al escolta del Papa.
Lo que Iglesias quería, en el estadio con árbitro comprado de la Cadena Ser, era que Monasterio se plegase a otra de sus patrañas, otra de sus performances de caudillito estalinista, envejecido prematuramente por tanta correría de faldas.
El sobre con las cuatro balas dentro, o el cuento de las ratitas de Hamelin, fábula de todo a cien que sólo pueden creerse los mismos que van a votar a Iglesias el próximo 4 de mayo. Es decir, los engañados del sistema, los engañados que no quieren saber nada de la verdad.
El consenso demócrata, que engloba casi todo el arco parlamentario con la única excepción de Vox, exige condenar las amenazas de muerte (aunque se sepa que son más falsas que los billetes de 100 del Monopoly), eso sí, siempre que las amenazas las reciban «los demócratas», esa especie superior de la raza humana. ¿Y quiénes son los demócratas?, se preguntará usted.
Pues los demócratas son, a saber, por supuesto los socialistas, por supuesto los comunistas, naturalmente los etarras de cuello blanco de Bildu, y cómo no, los golpistas que llevan cuatro años perpetrando un delito de sedición continuado en Cataluña. Ah, y el PP, pero un poquito solamente y por tiempo limitado.
Si alguien, en la España de hoy, decide dar un puñetazo en la mesa y decir que no, que el rey está desnudo y que las amenazas de muerte fake son más falsas que los billetes de 100 del Monopoly, entonces llega el llanto y el crujir de dientes.
Entonces el machito alfa se levanta, tapando la chepa con la coleta, la miliciana del PSOE (que lleva treinta años haciéndose pasar por periodista seria y de prestigio) va corriendo a cogerle la manita al machito alfa, y el resto de candidatos se mesan los cabellos y lanzan anatemas a la única voz discrepante, en un intento desesperado por silenciarla. Que es, en definitiva, el objetivo final de todo este episodio: silenciar al discrepante.
El que faltaba en la escena era García Ferreras, el inventor de las mentiras que se dieron como noticia en la Ser tras los atentados del 11-M, proclamando el dogma de la perfecta democracia: «a estos nazis de Vox ya no los ajuntamos».
La ofensa a Iglesias Turrión no podía quedar sin castigo. ¿Y el resto de partidos del consenso progre qué han hecho? Pues naturalmente, aceptar la consigna y negarse a volver a debatir con los nazis de Vox. Faltaría más. La democracia ante todo, etc y tal. Lo que llevamos viendo cuarenta años, pero ahora ya corregido y aumentado. Ahora ya sin disimulo.
Lo que nos espera desde ahora hasta el 4 de mayo es una comedia bufa con postureos baratos, mentiras a razón de cinco por minuto, trampas visibles e invisibles y todo tipo de adulteraciones democráticas que, curiosamente, la democracia necesita para seguir «viva». El sistema da sus coletazos porque sabe que el tiempo de la oscuridad se va a terminar.
Pero hasta que eso suceda, nos quedan muchos episodios como el de la Ser por contemplar.
Rafael Nieto ( El Correo de España )
viñeta de Linda Galmor