ROSALÍA, 10 – TORRA, 0

Se les debe atragantar el café cada vez que ven a la catalanísima Rosalía Vila Tobella, de 25 años, arrasando por todo el globo. Y es que su fenómeno no entraba en los planes de la insufrible facción xenófoba que nos atormenta. Ya es mala suerte: va y resulta que la figura cultural catalana con más eco en lo que va de siglo es una muchacha que ha decidido abrazar de manera natural lo flamenco y lo español. Ni lacito amarillo, ni estelada, ni entrañables sardanas. Al ciclón pop que ya suma dos Grammy lo que le pone es lo jondo, cantar en español y unas escenografías por las que pululan baliaores, toreros, vírgenes y nazarenos. Ay…

Interesante contraste este fin de semana en Cataluña. El viernes, el presidente separatista Torra acudía al Círculo de Economía, donde la patronal catalana le imploró que haga una declaración pública de acatamiento de la legalidad española, a fin de taponar la fuga de empresas que desangra a la comunidad (más de 4.800 desde octubre de 2017). Al tiempo, anoche en el Primavera Sound, Rosalía era aclamada en su retorno a Barcelona.

La diferencia medular entre Torra y Rosalía estriba en que uno se ha inventado una Cataluña mítica, una utópica Tierra Prometida habitada por purísimos elfos identitarios; mientras que la otra simplemente ha abrazado la verdad de lo que mamó en la calle. Rosalía, que ha aterrizado lo flamenco en el siglo XXI al revolverlo en su túrmix de electrónica y trap, no tiene antecedentes andaluces ni es gitana.

Pero procede de una población industrial a 20 minutos en coche de Barcelona, Sant Esteve Sesrovires, y allí vio lo que vio: «En Cataluña la cultura andaluza se respira en cada esquina, vengas de donde vengas, y yo me he criado entre hijos de inmigrantes andaluces. Uno no es solo aquello que le viene dado, también es lo que elige». A los siete años su voz sorprendió en un convite familiar.

Desde los trece intentó ser cantante por la ruta difícil: bodas, bolos en tugurios y una operación de cuerdas vocales por forzar la voz. Su epifanía fue puro barrio: su cuadrilla se reunía a escuchar música en un parque con las puertas de los coches abiertas y un día sonó Camarón. Una iluminación. Decidió hacerse flamenca y formarse académicamente para ello. Se convirtió en la única alumna de la rama en la Escuela Superior de Música de Cataluña, bajo el magisterio de un cantaor gaditano, Chiqui de la Línea.

Luego su ingenio mezcló aquellas raíces con las últimas tendencias del pop, haciendo con el flamenco y la copla una reformulación al estilo de la que acometió Beyoncé con el R&B y el soul. Rosalía no es una julai, como tantos niños pera de la vanguardia separatista (véase a Elsa Artadi).

Con sus chándales chillones, sus playeras de plataforma, su aire de estar de vuelta y sus uñazas, ejerce sin complejos de súper-choni. Reivindica el orgullo de la gente de barrio. Una «working class hero», que dirían los anglosajones, que entiende una evidencia: lo local se vuelve global cuando respira apertura e innovación. Exactamente lo contrario a gimotear ante un lazo amarillo que postula el asco a tus vecinos. Ole, Rosalía.

Luis Ventoso ( ABC )