ROSALÍA O CARMEN AMAYA

Una niña como de película de terror me hizo recordar a mis amigos que crearon la leyenda del Somorrostro, donde en los basureros nacían azucenas que bailaban bulerías y donde no se podía dar un paso sin llevar filosa. Ya no están el bailarín Antonio Gades -sí el pintor Paco Rebés– ni Alfredo Mañas, el creador de Los Tarantos, para el cine y para el teatro, pero los convocó a todos la leyenda del barrio de chabolas de gitanos y pescadores, de la Barcelona pobre de los sesenta que alumbró la noche de invierno como un meteoro en la gala de los Goya.

El compás de esas playas flamencas ha abducido a Rosalía, criada entre niños hijos de andaluces inmigrantes. A los siete años le pidieron que cantara en una fiesta familiar y al terminar sus quejidos todo el mundo estaba llorando.

Me dejó KO. Es portentosa, una diva, es decir, un monstruo. Chaqueta quimono, sandalias y calzas negras, un corazón de cordera y unas uñas de demonio. Pero cuando no me fío de mí mismo consulto a los expertos. El gran Xavier Ribalta, uno de los grandes cantautores catalanes, me explica: “Compartí escenario y amistad con una de las más grandes voces como Mercedes Sosa.

Veo a Rosalía como la hija de esta fuerza única que viene de lo más profundo del tiempo. Rosalía no sólo tiene talento, tiene un conocimiento musical único y cultivado, por sus estudios. Veo tanta personalidad en su arte que será difícil que la manipulen. Está más allá de la miseria.

Tiene el talento de Carmen Amaya, la fuerza de Antonio Gades y el arte de Margarita Xirgu“. O sea, que ha nacido una Carmen Amaya, que, sin ser gitana, canta como calorrí. Es una decidora a la italiana, con sonidos negros.

No nació en el Somorrostro pero despertó a los negros que duermen de pie en las aceras y al éxodo y al viento. Su duende traspasó el hielo de la noche. Ya lo dijo Lorca: “El duende no está en la garganta, el duende sube por dentro desde la punta de los pies”.

Puso verdad, lírica, ángel, maestría cantando Me quedé contigo, de Los Chunguitos en la película Deprisa, deprisa, de Carlos Saura. Recordé las bragas verdes de La Polaca, los brazos como serpientes de La Contrahecha, y sobre todo el misterio de Carmen Amaya.

Un flamenco puro me dice: “Es un producto, bien movido por las multinacionales. Recuerda algo a Pastora Imperio, pero eso no es flamenco puro”. Eso dicen los puros, pero yo no estoy seguro de que esa extraña criatura no sea capaz de ser excelsa en todos los palos.

Raúl del Pozo ( El Mundo )