RUFIÁN Y LAS CULPAS DE VOX

A Gabriel Rufián, ese ídolo de masas independentistas, le escuece en extremo que se culpe al secesionismo del auge de Vox. Lleva semanas argumentando que el ascenso de este partido nada tiene que ver con el «republicanismo catalán». Debe temer que el separatismo le vea las orejas al lobo y se dé cuenta de que por la vía unilateral no solo no alcanzará más, sino que igual acaba obteniendo menos.

A él, el del tuit de las 155 monedas de plata, se le achicaría el espacio. Así que el jueves decidió lanzar un sesudo y agudo análisis desde la tribuna del Congreso. Cito textual: «Lo que pasó en Andalucía -y no es opinión, es información- es culpa de la abstención del votante de izquierdas, de su votante (al PSOE) y del votante de Podemos, que no se sintió representado y decidió quedarse en casa.

Nosotros no somos responsables del auge del fascismo». No es que Rufián se diera a conocer por su mente privilegiada para el diagnóstico político, pero ¿no es capaz de percatarse de un contrasentido en una misma frase? Si el auge de Vox son los 396.000 sufragios que obtuvo en Andalucía ¿cómo es posible culpar al elector de izquierdas que «decidió quedarse en casa» y, por tanto, no votó a nadie?

El discurso del republicano demuestra hasta qué extremo el independentismo ha convertido la tergiversación en su modus operandi automático, sin que la veracidad marque ya frontera alguna. Ni siquiera importa que las falacias consten para la posteridad, como sucede en el Congreso con el Diario de Sesiones.

El republicano, probablemente, intentaba decir que la desmovilización de PSOE y Podemos provocó que Vox obtuviera un mayor peso en el reparto final de escaños. Una conclusión acertada pero que nada tiene que ver con lo que acabó afirmando. Es cierto que sin abstención, Susana Díaz podría haber mantenido el Gobierno de la Junta pero, en todo caso, la formación de Santiago Abascal hubiera eclosionado igualmente.

No hay que olvidar que el 85 por ciento de sus votos procedieron del PP y Cs. Las cifras son incuestionables y un vistazo a la legislatura anterior demuestra la potencia alcanzada por Vox. Con la izquierda movilizada, Cs se convirtió en 2015 en socio de gobierno de Díaz con 369.000 votos: 27.000 menos que los obtenidos por el partido de Abascal en diciembre.

Abraham Lincoln decía que en la vida de todo político hay momentos en que es mejor no despegar los labios. El problema de Rufián es que esta máxima se cumple demasiado a menudo en su caso. ¿Creyó que sus salivazos verbales no iban a provocar una indignación que antes o después encontraría una vía de escape?

¿Acaso no se da cuenta de que el desprecio que dedica a España enerva a los ciudadanos que sí quieren a su país? ¿No es consciente de que la repulsa con que se dirige a PP y Cs ultraja a quienes votan a estos partidos? Así que sí, señor Rufián, sí: en el auge de Vox tiene bastante culpa el independentismo catalán, usted incluido. ¿No se comprometió a abandonar su escaño en el Congreso en junio de 2017? Si de verdad quiere frenar a Abascal, ya va 20 meses tarde.

Ana I. Sánchez ( ABC )